Ardiendo, siempre ardiendo.

Cargo grietas en todo el cuerpo

por donde se cuela lava ardiendo. 


Soy un volcán,

resguardado en otro:

ardiendo, siempre ardiendo.


Dejé fluir el magma

entre mis arterias,

necesitaba, desde adentro, 

fundirlo todo.


Al cerrar los ojos 

vi caer peñascos negros

formados de miedo, de silencio.  


El calor abrasó todas las lágrimas

y, al ceder al humo, pude ver el engaño, 

que me permitió olvidar, por un tiempo,

que esta lava es mía y no de ellos.


Porque existo mejor ardiendo, siempre ardiendo. 


Porque soy yo quien puede quemarlo todo 

y empezar de nuevo.


Porque para mí, consumirse no es el final, 

sino el inicio máximo de vivir:

ardiendo, siempre ardiendo. 


Cargo grietas en todo el cuerpo

porque a veces es mejor no contenerlo. 

Soy un mar rojo que, al derramarse, 

libera en mí el universo.


Ardiendo, siempre ardiendo…

Descifrar al sol.

Descifrar al sol

es encontrar la vida.


Es tener el sueño cansado,

quedarse tendido,

y admirar el abismo ralo.


Así, de pronto, uno descubre la cama inconforme

de ocultar un suspiro ajeno entre las sábanas rotas.

Sin un quejido de ti, ni de tus mañanas rojas.


Te mudo sudando cada lágrima

y, en medio de otras sales,

me desintoxico de tu espera,

de tus regresos, de tus pesares.


Descubro sin ti,

mis límites, lo mío,

aquello que si bien se cuela en lo nuestro

no se comparte, ni se sabe.


Eso que no te acompañó ahí,

al espacio ajeno,

que no era tuyo, ni mío,

sino suyo.


Han pasado días que no escucho tu nombre,

las misma cantidad de noches que duermo sin hambre.


Estoy aquí, tendido al abismo,

disfrutando mi calor,

mi espacio, mi tiempo.


Descifrar al sol, es saber que

éste entra y sale

cuando quiere y como quiere.


Sin que tú lo controles y

sin que yo lo demande.

Uno

Uno se da,

cuando puede,

porque quiere,

porque cree que quiere.


Y cuando uno se entrega,

da incluso lo que no tiene,

porque de tanto dar uno no guarda

y uno no deja que nada nunca llegue.


Y así uno sigue dando lo que no es de uno.


¿Por qué?


Porque sino quién es uno.


Uno es el que entrega,

el que da con las manos vacías

porque nunca han estado llenas.


El que por dar recibe y sólo ahí: encuentra.


Porque cuando uno da,

cree que será así,

solo así, que a uno lo vean.


Pero quién es uno,

cuando dar se le niega.


Uno no es nadie,

porque ya nada queda.


Porque uno aprendió

que uno no se piensa,

no se siente, no existe:

uno se entrega, siempre se entrega.


Entonces uno no es de uno,

porque uno no existe si el otro

no lo deja, no lo desea.


Pero un día, cuando el rechazo llega,

uno se da cuenta

que de lo que daba ya nada queda.


Por lo menos, no para uno,

de uno, nada queda.


Qué puede hacer uno

cuando súbitamente se entera,

que uno no sabe hacerse cargo ni de uno.


Que uno no aprendió a contenerse,

a resguardarse, a acumularse.

Porque uno se entrega,

al otro, si es que hay otro, sino a quien sea.


Y es que a uno no le enseñaron a ser de uno.


Si la vida es lo suficientemente ingrata,

uno lo aprende y entre experiencias lo entiende.


Aunque en el fondo,

uno será siempre uno,

una bandeja de barro,

tendida al sol,

que se nutre de las pocas gotas

que caen de las manos de arena.


Las mismas a las que uno se entrega,

de una a otra,

hasta que el silencio llega.


Si acaso uno supiera,

si acaso uno entendiera,

si acaso uno no fuera,

si acaso el dos no siguiera.


Entonces, y solo entonces, uno sabría,

que uno antes de ser de uno,

es un todo que no le pertenece a ninguno.


Uno no es de uno,

uno es uno.

Como se pueda…

Los días pasan, 

uno encima del otro.


La noche se confunde con la oscuridad, 

la ansiedad con la templanza,

el agua con el vino,

las lágrimas con la esperanza.


Nada llega, porque nada anda.


La sombra de una pared hastiada choca con otra,

mientras la luz victoriosa, entra y sale, 

nos derrota. 


La privacidad nos recuerda que sólo yace en la carne, 

entre las orejas, en un cámara de eco incansable.


Ahí, nace una idea siendo una gota, 

al poco tiempo es una tormenta

y, esta noche, una balsa rota. 


El silencio se ha convertido en un lujo

que por escaso provoca suicidios de gatos

y extingue espantos.


Donde había golpes, 

hoy hay costras

que no se alcanzan a secar

porque de nuevo la sangre brota. 


La violencia del engaño

de la pertenencia y de la sangre:

arde, como nunca… arde.


Los segundos son de pólvora,

la menor fricción y una bala se dispara a quema ropa.


Escondidas en los susurros se resguardan bombas

que si por aire yerran las coordenadas dan luz a un cráter,

creando un después y un antes.


Sobrevivir la vida,

racionarla, pausarla,

dejar que exista, soltarla.


Controlarle la sed y el hambre. 


Ayunarla con otros,

desbordarla en otros, 

existirla desde otros,

olvidarla por otros.


Sobrevivir, sobrevivir, sobrevivir…

Como se pueda.

Recuerda: como se pueda. 

Despierto

Cada mañana, 

me acompaño de tus ojos,

de tus bordes, de tus roces.



Amanezco abandonado en tu playa,

en tu espalda, en tus voces. 



Si me acorrala el frío, 

recorro las cuevas que guardan tu aroma

y me vacío en tus memorias, 

aferrado a pedazos de historias.



Extraño tu nombre en el teléfono,

bastaba verlo o sentirlo vibrar

para saber que regresabas a mí.



Los días abandonaron las horas, 

se repiten rememorando nuestros ecos,

nuestras derrotas, nuestras glorias.



La casa remodeló los cuartos y los convirtió en momentos.



Desayuno en nuestro primer beso,

enciendo la televisión en nuestro primer pleito.

Ceno en nuestra primera cita

y duermo en el momento justo 

en que renunciábamos al sueño.



Cada mañana despierto y

existo en tu ausencia

porque, sólo entonces, estás aquí.

No vuelvo, regreso.

Discúlpame por dejarte esperando frente a un muro 

con la angustia abierta al cansancio. 

Si no llegué, no fue por grosería, 

tampoco por desgano.


Es solo que recordé que al conocerte

cuatro buitres se instalaron

al tope del abismo que fuimos cavando.


Con el no espacio

llegó la no verdad;

con ella, la no libertad.


Volamos alto,

tanto que nos ahogamos.

Pero los buitres nos siguieron,

no supimos ocultarnos.


Aún escucho en el silencio su hambre, 

sus chillidos, sus ganas de destrozarnos. 

Están. Nos están esperando.


Quieren tragarse lo poco,

de ese algo que creamos.


Traté de ser fuerte, de defendernos,

pero dos no son uno,

y uno, a veces es demasiado.


Tenías razón:

-Nunca fuimos nada.

Porque para ser, faltaban sol y aire.


Quizá mañana sepas que,

tres minutos antes de las cinco,

estaba camino a encontrarte,

pero al salir de la tierra,

los buitres nos devoraron en instantes.


Sé que debí llegar,

por lo menos llamarte,

pero aquí ya no había nada

para qué molestarse.


Estar en ti siempre fue como estar en mí: 

solo, buscando de quien acompañarme.


No vuelvo a ti, regreso a mí.

Tu no espacio me ocupa.

Tu no espacio me ocupa.

Extendido de piel a médula,

toma mi carne y la vuelve suya.


Aquí y ahora,

sólo existe tu ausencia.


Me acompaña en la cama, en la mesa, 

al cerrar cada puerta.


Respiro para no perderla,

despierto para sentirla cerca.


Por favor, regresa, 

porque entonces, quizá yo vuelva.

Por favor, regresa,

no quiero que estés adentro, sino afuera.


De cara a la pared, me pregunto,

si tu muerte no fue la mía.

De cara a la pared, la sombra ruega:

ojalá así fuera,

ojalá pudiera…

Hablarle al miedo

Es entender el idioma de los dientes,

de los músculos rígidos e inmóviles,

de los huesos que duelen

si por accidente se mueven.


Es arrebatarle tiempo a la vida.

Sentirse vulnerable, indefenso, impotente.


Sentir que cada poro está a merced de lo que ocurra,

como pase, cuando llegue.

¡Que ya llegue!


Hablarle al miedo 

es susurrarse palabras de aliento:

– Todo estará bien.

– Mejorará pronto, lo prometo.

Y descubrir mientras las dices 

que no son nada, sólo viento.


Es querer abandonar, no un lugar,

sino el cuerpo.

Éste no alcanza, no basta,

tanta oscuridad no cabe adentro.


Para hablarle al miedo hay que pertenecerle al silencio.

No hay latidos, ni pensamientos.

Paralizado y desvalido,

permanece uno sintiendo que todo se desgarra dentro.


El miedo, el verdadero miedo,

no cabe en conversaciones vanas.

No son las alturas, ni las ratas.


Es estar aquí, sentir esto y 

no saber si habrá un mañana.


Hablarle al miedo

es mantener una conversación pendiente,

siempre abierta.


Es olvidarse de uno,

de recordar que me pertenezco.

También soy esto y así me quiero.

También soy esto y me amo por ello.


Tanto, que me aferraré a este cuerpo,

atravesaré la noche,

moriré mil veces y

amaneceré de nuevo.

Descubrí en tu espacio mi sonido.

Bastó abandonar esa cama,

vacía, gastada, prestada,

para sentir por primera vez,

que el oxígeno era mío.


Inhalar era algo nuevo,

ligero, arrítmico.

Poco a poco encontrando mi ritmo.


¿Dónde estuve tantos años?

¿Dónde me dejé varado?

¿Por qué no sabía que estaba perdido?


Debí tejerme un hilo a la espalda,

amarrarlo detrás de mi cascada

y revisar continuamente que no se secara.


Hace días que me fui,

y aún cargo en la maleta nuestra sábana.

Tiene restos de mi piel contigo,

de cuando nuestras gotas eran salinas y humanas.


Hoy decidí tirarla por la ventana.

Honrar nuestro tiempo

y dejar que el final nos alcanzara.


Me sentí los huecos y hubo calma.


Descubrí en tu espacio mi sonido

y mi silencio acalló

el eco de lo perdido.


Se me instaló el perdón,

y hoy estoy aquí, conmigo.

Ojalá mañana

En un segundo, la noche se instala.

Al tiempo que se siembra,

florece y se enraíza.


Extendida, se vierte,

entre tus arterias,

en cada conducto que cargas.


En el epicentro: un hueco.

Cruzándolo, una ancla,

pesada, que se hunde y te arrastra.


El tiempo desaparece.


En donde debería de haber un presente,

hay mil pasados sin futuro que duelen; 

que se aferran a tus raíces

más nuevas y las hieren.


El cuerpo pierde fuerza,

y de a poco, se duerme.

La carne ya no es carne,

los huesos están secos.


Te ocupa la oscuridad eterna

de lo que por no existir se muere.


No hay, no es, no nada.


Hoy no, 

quizá mañana.

Hoy no, 

ojalá mañana.