Días que olvidan…

Los días pasan extraños.

Unos detrás de otros,

arrítmicos, vienen, van.

Danzan fuerte entre las doce y las cuatro,

aunque con el tiempo uno deja de escucharlos.

Sus pasos no son los nuestros,

su destino es inexistente, atemporal.

Hoy tropecé con uno y la caída me dejó inconsciente.

Caí de lleno entre el hubiera y el podría.

Lo único que supe al despertar del trance fue que moriría pronto,

quizá en medio centenar de años, quizá menos,

espero que los suficientes para poderme seguir bañando con mi soledad.

Ayer, hoy, mañana,

hay momentos en los que no sé en qué tiempo conjugarme.

El cuerpo incluso parece distar del alma algunas veces.

No pocas.

No siempre.

Uno ve a los niños y ríe,

Ingenuamente cuando confunden el ayer y el mañana, uno corrige.

Aún sabiendo que el ayer sí puede ser el mañana y

que el mañana también puede ser un ayer que nunca acaba.

Los días pasan extraños,

olvidándose unos a otros,

olvidándonos nosotros…

!Traga!…

Las palabras son fuerza.

Dolor cuando penetran.

Cuando el veneno se esparce,

aquí: adentro.

Oculto en tu sangre,

que por tuya es mía.

Trago en tu saliva el remedio.

Absorbo de tu pecho el credo.

La condena es menor si no se carga,

si sólo se traga.

Desde tus no llegadas,

cierro los ojos

y abro las rabias:

mastico encías en la cama,

!Sangra, traga!

Un segundo menos.

Se oye crujir la puerta,

le duele el frío

y su grito me impacienta.

Escucho en los gatos tus pisadas.

Cierro los ojos y me tapo la boca.

Tiemblo.

Aún no estás aquí y lloro.

Me enredo en las sábanas.

Ahogo en ellas mis templanzas.

Se me rebelan las uñas y se me clavan.

Duelen, duelen las palabras.

No necesitan boca,

con los caracoles basta.

!Sangra, traga!…

Extraño…

Lloro tu ausencia antes de vivirla.

Porque sé que pronto me acompañará en la cama.

Preveo noches de sueño negro y

de espera eterna.

Cargo entre los dedos tus recuerdos,

los que tuvimos antes, los que tendremos.

Me pesan como cargar en el cuello tu despedida,

la fría estampa que dejará tu mano,

el vació que quedará sin tu aliento, recién despierto.

Cada día, sin saberlo o por pensarlo demasiado,

me digo que te extraño.

Lo susurro, desde adentro:

-Te extraño.

Me convenzo de ello y salgo a la calle con un hueco.

El mismo por el que se me escapa ahora el universo,

Porque aún ahora,

contigo aquí: te extraño.

No hace falta…

La noche jamás es tan oscura como cuando faltas.

Cuando te ausentas y apareces en otras ganas,

no en las de otros, sino en las tuyas, por los otros.

Ahí, aquí,

el calor no alcanza, no abrasa.

Ahí, en tu mirada hirviendo, se ausenta el alma.

Aquí, la espalda que te encubre, revela que faltas.

Porque hay ausencias que se descubren en la presencia misma,

cercanías que generan distancias.

Faltas que lastiman justo en donde la luz no ilumina, sino incinera.

A veces, no pocas veces, pienso que me engañas.

No con alguien.

No hace falta.

Aunque callas.

Porqué callas.

Estancado…

Cuánto dura el llanto.

Cuántas lágrimas faltan

para que se me limpie tu recuerdo de la mirada.

Cuánto, y hasta cuándo.

¿Es demasiado tener aún estancados los ojos

con la lluvia inundándome el pecho:

las ganas?

Sentir en los huesos la angustia de que seas recuerdo.

De que seas pasado,

de que después de tanto no seas nada.

A veces, acudo a donde la gente,

me siento en una silla y miró al piso.

El caos sin voz, me reconforta.

Lo que dicen carece de sentido,

Lo que siento padece de lo mismo.

Sabes que siempre temí este momento.

Que un día, este día, tus brazos no estarían aquí,

para esconderme de ti, de tu dolor, de tu ser sin estar.

Han pasado a penas meses y nada cambia.

Escuchó en el silencio de cada mañana

la ausencia de tu voz,

y el croar de las ranas.

Siento en el pecho lama

y entre las pestañas la luz no alcanza.

El agua está turbia y así de pronto se derrama.

Así de pronto, todo pasa; así de pronto, nada cambia.

Silencio…

Tus silencios duelen.

Aquí, en los míos.

Comulgan juntos la distancia rota,

la pena que canta y llora.

Arde, en el pecho,

el aire que no se suelta,

que no se vierte,

que no se habla.

Un frío seco,

sin contemplaciones.

Puro como la lágrima.

Sin abrazo, sin calma.

Un suspiro enterrado, clavado,

entre la hebra y el tacto.

La soledad de no saber de ti, de mí.

De lo que nos pasó entre tanto.

Tus silencios, no son los míos,

no son los nuestros,

son tuyos.

Y eso duele tanto…

Humedades…

Hay humedades sobre nosotros.

Restos palpables de nuestra existencia,

de nuestros vapores.

Son manchas ajenas a la sombra.

Rastros más pesados que nuestro paso.

Hongos que surgen de nuestras pieles,

residuos de nuestros actos.

Encima de nosotros,

entre los azulejos del baño,

en las esquinas de los cuartos,

hay cadáveres de pensamientos y sueños varios.

Sin forma, sin tacto,

con el color del llanto.

Corrosivos como la rabia y la mentira.

Cavando, siempre cavando.

Son nuestros crímenes, nuestras deudas,

la prueba de que los pasados perduran,

a pesar de nosotros, de nuestro olvido,

de la cal y el canto.

Por y para…

Todo lo que ha pasado no responde a lo que creí.

Todo se volvió mejor, más humano,

más mío, para mí.

La realidad, así, en bruto,

se convirtió en presente vivo.

Sin futuro, sin pasado: alivio.

Hay dentro un cielo gris,

un silencio imperturbable,

un adormecimiento que reconforta.

La gota que cae y cae.

Es el fin de un sueño,

uno ajeno, uno que no cumplí.

El inicio de uno nuevo,

mío, para mí.

Soy feliz, sigo aquí.

Soy feliz,

por y para mí…

Llegas…

Hay restos de lava en tu cuerpo,
cenizas en el cabello,
una fumarola gris te nubla la mirada.
Sueñas despierto, por otra cama.

Cada día, cada espera,
se crean islas que nos separan.
Un archipiélago de razones que pronto crearán un mundo,
una distancia.

¿Será hoy?, quizá mañana.

Necesito que antes se me quemen las pestaña.
Que se consuman los sueños que en ellas descansan,
los mismos que ahogue ayer en alcohol,
los que espero exploten cada mañana.

Cuando llegas recién bañado,
con una sonrisa oculta en el te quiero,
con labio ajeno injertado en la lengua,
me preparó para lo inevitable, pero la fuerza no alcanza.

Debajo de tu paladar distingo la mentira,
esa que sabe lamerme el perdón de la espalda.
Que me doméstica las rabias.

Espero ansioso irme.
Ansioso, sin hacer la maleta.
Ansioso, tendido en esta cama.

Ansioso, con tu espalda en la mirada…

Exhalar…

¿Que si te quiero?

A plena calle, bajo la sombra de mayo, preguntas sin preguntar.

Es la costumbre, la que siempre nos vuelve a encontrar.

Los mismos sitios, después de años.

Estás aquí, como yo, sólo por estar.

Se escucha en tu voz el naufragio que dejan las tormentas.

Sabes como lo sé yo, que pasará mucho tiempo antes del final.

Tienes miedo, yo también; otro ataque de ansiedad.

Asfixia el aire: sobra.

Demasiado oxígeno.

El hábito llegará.

Sólo hay que aprender a respirar.

Inhalar:

-Te quise.

En tus ojos se conservan restos de hielo, de lo que antes fue fuego, hoy recuerdo.

Aprietas tu mochila a la espalada.

Recuperas la postura.

Exhalar….