Te tiré por la espalda,
como se tiran a la cama los soñadores.
Con la mirada al piso, fija,
a dos centímetros del colchón.Frente a mí, un oasis perdido,
entre la espalda, tu espalda,
y las piernas, mi cara.

Un cenote con cascada,
con guiños de pradera o montaña.
Volcán que se enciende al roce y
en la erupción reencarna.

Te amo, con la lengua desbocada
en sábanas blancas, casi saladas: amargas.

Te amo, con los pies engarzados,
dirigidos al sol, que muere a diario,
que todo lo empaña.
Te amo, como el deseo inunda a la razón.
Como la vida cuando desfallece ante el orgasmo,
por el simple placer de revivir otro tanto.Ojo a ojo, labio a labio.
Frente a frente.
Te amo.

Regresa…

Jamás pude olvidar tu espalda.

Era firme, angulosa, una piedra de río: filosa,

de esas que tiras a los charcos esperando te revelen el eco de las mariposas.

Una roca llana, lisa, que delicadamente se me encarnó entre los ojos el día de tu partida.

Te recuerdo al salir del cuarto: tres maletas y una desesperación sin forma.

Tú y tus decisiones desmedidas,

esas que secretamente detesto,

las mismas por las que pienso aceptarte de regreso.

Cuánto resta para tu regreso,

porque esta vez, aunque a ratos me lo niego,

la piedra se hundió al primer golpe dejándolo todo desierto.

Obligándome a mí que nada sé de arenas

a refugiarme en una pausa incesante, sin tregua.

Entre la tabula rasa y el silencio.

Recuerdas tu despedida, fue un adiós incompleto.

El punto llegó antes del te quiero,

de ese que me mantiene preso,

por el que en cada nueva página tropiezo.

El origen de la nota al pie que escribo a diario,

con la que rotulé un cuaderno completo.

Un recordatorio de tu inverosímil regreso,

un recordatorio que me obliga antes de mudar el lápiz a tinta

a enfrentarme a todo un universo.

Uno menos siniestro,

uno hecho a modo,

uno más mío que nuestro.

Regresa pronto,

te espero…

Tu partida…

Tú partida se instaló en la parte ajena de mi colchón.

A milímetros de mi pierna derecha hay un vacío que cada noche ejerce succión.

Si acaso me descuido y un rato me quedo dormido, amanezco sin dedos,

la otra noche sin brazos, hoy sospecho que sin corazón.

No me quejo, aquí ya de nada servía,

allá quizá y a algún estomago mantendrá con vida.

Me han dicho que sabe bien encebollado, como el hígado,

aunque según sé la melancolía lo prefiere crudo y desvenado.

A decir verdad, me parece justo que se lo coman,

que sea alimento de solitarias y de moscas,

porque tanta vida en este cuerpo no cabe,

no le va, a nada sabe.

Con tu partida sólo me resta la esperanza de ser recuerdo de una noche de insomnio,

el  pensamiento fugaz de regadera, ocaso de inodoro.

Ya sé que contigo no me alcanza para el “te extraño”

pero si acaso puedes, en el tiempo perdido: piensa en mí,

porque a mí, sin ti, solo me queda sobrevivir dos olvidos:

                                           …el tuyo y el mío…

Jurar…

Jure nunca volver a caer en tus brazos.

Jamás por accidente, no de nuevo.

No al naufragio.

Se lo juré a tu espalda, mientras la puerta se iba cerrando.

Hasta aquí, no hay más.

Te jure pasado.

Anoche, llegue a casa del trabajo y me arrulló el cansancio.

Estaba tan indefenso que me descuide a mí mismo y te termine soñando.

Te encontré tal como cuando decidí alejarme,

desnuda en un mar de sábanas, vacío el semblante.

Estabas tan ajena, tan fría.

Tan ausente de ti misma,

de nosotros, de la vida.

Jamás sabrás cuánto me dolió tu partida.

Con decirte que las mariposas se volvieron carnívoras.

-Ven acá, susurre de pronto.

Te miraba directo a los ojos.

-Ven acá, insistí otro poco.

Te recostaste en mi pecho y despertaron las lágrimas.

Esta vez no voy a dejarte.

No soy tan fuerte, no frente al aire.

Esta vez te obligaré a quedarte.

Te abracé tan fuerte que desperté con los dedos clavados a las costillas.

La cama vacía.

Terriblemente blanca, inerte, sin vida.

Entonces me examiné el corazón y seguía roto.

Como aquella noche, tu noche,

Esa en la que jure soltarte,

despedirme de ti y empezar en otra parte.

Por desgracia se cruzó tu espalda,

y como no sé herir a traición, aquí me tienes,

esperando sin esperar más nada.

No sea que recuerdes que dejaste tu ausencia en mi pecho,

cosechando un par de ilusiones que aún no han muerto.

De esas que te tatúan en los parpados laberintos,

hoyos negros con color a sueño.

Jure nunca volver a caer en tus brazos.

Pero en tu espalda…

No sé cómo evitarlo…

Entre gritos y susurros…

Hay gritos que se quedan,

que encuentran un surco y se siembran.

Crecen en ellos la noche y el rencor,

se nutren de la soledad y la espera.

Les nacen en las raíces flores muertas.

Y aunque carecen de semillas,

se les reproducen ecos con las ausencias.

Hay gritos como este,

que no piden perdón pero lo desean.

Gritos que se abrazan

con la propia rabia,

con la vida que les queda.

Gritos abandonados, sordos,

de esos que se desgarran la voz

y susurran:

Te amo…

Regresa…

Te extraño…

Pozos…

Hay pozos sin fondo, los hay.

Son fosas construidas para tirar los sueños incumplidos

que sin existir pesan.

Los hay en la cocina, a plena calle, al nivel del mar.

Se refugian en las regaderas y en cada fosa nasal.

Sufren la orfandad de la existencia paralela.

Insensibles al aire, anhelan una voz que enmudezca el silencio

que padecen los que nacieron en soledad.

Los que aún después de muertos,

Existen para sentir un sentimiento que no llegará.

Ven.

Después de que anochezca te quiero cerca.

No sea que mañana, quizá y antes,

Ya no vuelvas.

Que te abandones al remolino que gira en medio  de tu cabeza.

Ese que te pregunta, por qué despiertas.

Antes que todo lo que por ir, se vaya.

Regresa.

Allá.

Sólo te espera una cuerda a la que llegarás de cualquier manera.

Aquí.

No habrá preguntas como tampoco hay respuestas.

Pero en cualquier caso, hay una voluntad con membranas de promesa:

Un pozo sin fondo que se alimenta de ti y por ti regresa.

Un pozo sin fondo que necesita de tu existencia.

Dicen los que saben, porque aunque yo estuve no lo sé, que la primera palabra que pronuncié fue “agua”….

Nada particular, menos aún sentimental. Cuatro letras dichas con una entonación confusa, por titubeante: trisilábica…

-A-gu-a…

-¿Agua?, ¿dijo agua?…

-¡¿Agua?!…

Si me lo preguntan, yo creo que mi primera palabra realmente fue sed…

Hace algunos días, cavando en ello, me descubrí inmerso en una laguna. En un entorno turbio, casi intangible, extrañamente desierto. ¿Cuál, cuál habrá sido mi primera frase en tinta, cuál mi primera palabra escrita? ¿Habrá quien la recuerde? ¿Por qué yo no?…

¿Fue a crayola, con lápiz, con la pluma de un quetzal, a gis o con la sopa? ¿En una hoja de maple, en el plato, en algún muro o en la mano?…

Porque de que hubo un inicio, lo hubo. ¿O no?…

Digo, se entiende el olvido rutinario, pero la extrañeza del atrevimiento, de lo novedoso, desde mi punto de vista, debería ser algo distinto…

Con los seres humanos ¿pasará lo mismo? Es decir, navegando en la idea de que hay un ser que nos crea, nos diseña, que quizá nos escribe, y tal vez, arrogancia aparte, hasta nos lea. ¿Sabrá Él la fecha de nuestro nacimiento? ¿Con qué palabra iniciará cada historia? ¿Escribe letras, ideogramas, jeroglíficos, historietas? …

¿Cuál será nuestra primera letra? Yo, por ejemplo, creo que fui antes que todo, una mancha en una tabula rasa. Aunque quizá fueron tres, ojalá tres…