¿A qué sabe el engaño?…

Amargo, si se bebe de otras manos.
A sangre, si resulta de morderse los labios.
Como sea, siempre es crudo y visceral.

Tóxico con salud,
Adictivo en enfermedad.

Digerirlo requiere mucho sueño
A falta de olvido,
se recomienda soledad.

De esa que se acompaña de uno mismo.
Vacía de estómago,
de orgullo, de verdad.

¿A qué sabe el engaño?
Sabe a nosotros:
sedientos de mar…

Piensa en mi…

Tu partida se instaló en la parte ajena de mi colchón,

a milímetros de mi pierna derecha

hay un vacío que ejerce succión.

 

Si acaso me descuido y

durante un momento me quedo dormido,

amanezco sin dedos, la otra noche sin brazos,

hoy sospecho que sin corazón.

 

No me quejo, aquí ya para nada servía,

quizá y allá a algún estómago mantenga con vida.

 

Me han dicho que sabe bien encebollado, como el hígado,

aunque según sé la melancolía lo prefiere crudo y desvenado.

 

A decir verdad, me parece justo que se lo coman,

que sea alimento de solitarias y  moscas.

Porque tanta vida en este cuerpo no cabe,

no le va, a nada sabe.

 

Ya sé que contigo no me alcanza para el “te extraño”

pero si acaso puedes, en el tiempo perdido:

piensa en mi.

 

Porque a mí, sin ti,

sólo me queda sobrevivir dos olvidos:

el tuyo y el mío…

Remorderse…

Uno se remuerde,

la boca, el insensato labio,

la traviesa lengua, el no espacio.

El recuerdo de aquel parque, la ligera ropa,

la mano curiosa que abrasa y arde.

Uno se remuerde el pecado, la llama oculta,

el crujir cadencioso de la estructura ósea.

La manzana propia y la ajena,

la uva y la cava.

Uno se remuerde despacio, lentamente,

como se lame cada pendiente,

tirándose libremente

en el vacío que se llena y se vierte.

Uno se remuerde ante el vicio de quererse,

de sentirse propio en los otros,

de tenerse y no detenerse.

Uno, qué es uno sin remorderse.

Sin probarse el tuétano y sorberse.

Sin saber que cuando uno muerde,

a veces y sólo a veces se sangra

y duele.

Días que olvidan…

Los días pasan extraños.

Unos detrás de otros,

arrítmicos, vienen, van.

Danzan fuerte entre las doce y las cuatro,

aunque con el tiempo uno deja de escucharlos.

Sus pasos no son los nuestros,

su destino es inexistente, atemporal.

Hoy tropecé con uno y la caída me dejó inconsciente.

Caí de lleno entre el hubiera y el podría.

Lo único que supe al despertar del trance fue que moriría pronto,

quizá en medio centenar de años, quizá menos,

espero que los suficientes para poderme seguir bañando con mi soledad.

Ayer, hoy, mañana,

hay momentos en los que no sé en qué tiempo conjugarme.

El cuerpo incluso parece distar del alma algunas veces.

No pocas.

No siempre.

Uno ve a los niños y ríe,

Ingenuamente cuando confunden el ayer y el mañana, uno corrige.

Aún sabiendo que el ayer sí puede ser el mañana y

que el mañana también puede ser un ayer que nunca acaba.

Los días pasan extraños,

olvidándose unos a otros,

olvidándonos nosotros…

!Traga!…

Las palabras son fuerza.

Dolor cuando penetran.

Cuando el veneno se esparce,

aquí: adentro.

Oculto en tu sangre,

que por tuya es mía.

Trago en tu saliva el remedio.

Absorbo de tu pecho el credo.

La condena es menor si no se carga,

si sólo se traga.

Desde tus no llegadas,

cierro los ojos

y abro las rabias:

mastico encías en la cama,

!Sangra, traga!

Un segundo menos.

Se oye crujir la puerta,

le duele el frío

y su grito me impacienta.

Escucho en los gatos tus pisadas.

Cierro los ojos y me tapo la boca.

Tiemblo.

Aún no estás aquí y lloro.

Me enredo en las sábanas.

Ahogo en ellas mis templanzas.

Se me rebelan las uñas y se me clavan.

Duelen, duelen las palabras.

No necesitan boca,

con los caracoles basta.

!Sangra, traga!…

Extraño…

Lloro tu ausencia antes de vivirla.

Porque sé que pronto me acompañará en la cama.

Preveo noches de sueño negro y

de espera eterna.

Cargo entre los dedos tus recuerdos,

los que tuvimos antes, los que tendremos.

Me pesan como cargar en el cuello tu despedida,

la fría estampa que dejará tu mano,

el vació que quedará sin tu aliento, recién despierto.

Cada día, sin saberlo o por pensarlo demasiado,

me digo que te extraño.

Lo susurro, desde adentro:

-Te extraño.

Me convenzo de ello y salgo a la calle con un hueco.

El mismo por el que se me escapa ahora el universo,

Porque aún ahora,

contigo aquí: te extraño.

Llegas…

Hay restos de lava en tu cuerpo,
cenizas en el cabello,
una fumarola gris te nubla la mirada.
Sueñas despierto, por otra cama.

Cada día, cada espera,
se crean islas que nos separan.
Un archipiélago de razones que pronto crearán un mundo,
una distancia.

¿Será hoy?, quizá mañana.

Necesito que antes se me quemen las pestaña.
Que se consuman los sueños que en ellas descansan,
los mismos que ahogue ayer en alcohol,
los que espero exploten cada mañana.

Cuando llegas recién bañado,
con una sonrisa oculta en el te quiero,
con labio ajeno injertado en la lengua,
me preparó para lo inevitable, pero la fuerza no alcanza.

Debajo de tu paladar distingo la mentira,
esa que sabe lamerme el perdón de la espalda.
Que me doméstica las rabias.

Espero ansioso irme.
Ansioso, sin hacer la maleta.
Ansioso, tendido en esta cama.

Ansioso, con tu espalda en la mirada…

Te tiré por la espalda,
como se tiran a la cama los soñadores.
Con la mirada al piso, fija,
a dos centímetros del colchón.Frente a mí, un oasis perdido,
entre la espalda, tu espalda,
y las piernas, mi cara.

Un cenote con cascada,
con guiños de pradera o montaña.
Volcán que se enciende al roce y
en la erupción reencarna.

Te amo, con la lengua desbocada
en sábanas blancas, casi saladas: amargas.

Te amo, con los pies engarzados,
dirigidos al sol, que muere a diario,
que todo lo empaña.
Te amo, como el deseo inunda a la razón.
Como la vida cuando desfallece ante el orgasmo,
por el simple placer de revivir otro tanto.Ojo a ojo, labio a labio.
Frente a frente.
Te amo.

Tu partida…

Tú partida se instaló en la parte ajena de mi colchón.

A milímetros de mi pierna derecha hay un vacío que cada noche ejerce succión.

Si acaso me descuido y un rato me quedo dormido, amanezco sin dedos,

la otra noche sin brazos, hoy sospecho que sin corazón.

No me quejo, aquí ya de nada servía,

allá quizá y a algún estomago mantendrá con vida.

Me han dicho que sabe bien encebollado, como el hígado,

aunque según sé la melancolía lo prefiere crudo y desvenado.

A decir verdad, me parece justo que se lo coman,

que sea alimento de solitarias y de moscas,

porque tanta vida en este cuerpo no cabe,

no le va, a nada sabe.

Con tu partida sólo me resta la esperanza de ser recuerdo de una noche de insomnio,

el  pensamiento fugaz de regadera, ocaso de inodoro.

Ya sé que contigo no me alcanza para el “te extraño”

pero si acaso puedes, en el tiempo perdido: piensa en mí,

porque a mí, sin ti, solo me queda sobrevivir dos olvidos:

                                           …el tuyo y el mío…