Darse

Uno no se entrega para ser devuelto.

Uno se da porque el corazón

ya no aguanta el propio peso.


La carne, necesita más carne.

Los huesos, otros huesos.

Las venas, otras arterias.

Las sequías, otras tierras.


Uno se da para borrarse los límites,

para habitar las extrañas pieles

y dejar que su vida,

exista en las otras vidas.


Uno que poco sabe de lo propio,

busca en la gota ajena,

la certeza de su existencia.


Y es así como de tanto darse,

ignorante se abandona la propia tierra,

que tarde y seca regresa,

que tarde y seca te espera.

Uno se rompe…

Así. De pronto,

uno se ve las esquinas

y las descubre rotas.

 

Las lágrimas

son fisuras,

no gotas.

 

Entre los dientes

se remuerden las espinas,

que se encajan,

que nos derrotan.

 

Respirar,

¿cuánto?,

¿cómo?

 

Cuando uno se rompe,

no hay espacio, ni tiempo.

 

Hay, en todo caso,

una grieta viva,

que nos mira y se conmueve,

que nos inunda en dolor,

que -irónicamente- nos devuelve a la vida.

La cueva…

Hay una cueva azul.

Llena de agua,

de nada.

 

Al centro, una isla redonda,

de tierra negra azabache, sin nombre.

Segura, firme: una sola.

 

Encima, estoy yo.

Sentado, tranquilo:

respirando.

 

Hay veces que regreso ahí,

días que me encierro ahí.

 

Hoy no es uno de ellos.

Hoy, como la mayor parte del tiempo,

estoy ahí y aquí.

 

Si cierro los ojos: la cueva.

Si inhalo: huele a aquí.