A saber…

Sé que estás ahí,

Lo sé.

 

Intuyo que lo sé,

asumo que lo sé,

descubro que no sé.

 

Sabes que estoy aquí,

lo sabes.

 

Asumo que lo sabes,

me convenzo de que lo sabes,

te convenzo de saberlo.

 

Estoy aquí.

Estoy.

 

Me convenzo de que así sea,

de seguir aquí,

de encontrarme aquí.

 

Estamos uno con el otro,

juntos.

 

Nos asumimos juntos,

nos pensamos juntos,

nos convencemos que así es mejor,

juntos.

 

Aquí.

Así.

Lo sé,

quizá lo sabes:

juntos.

Nadie…

Llueve y te veo detrás de una cortina de agua,

de memorias, de recuerdos, de tanta vida gastada.

 

Cargo tierra mojada en los pulmones y

una selva húmeda me acompaña a la cama.

 

Nadie dijo que estarías aquí por la mañana,

tampoco que dejarías una pantera custodiando el alba.

 

Caí como caen las ramas con la nieve blanca.

Te vi, como se mira al techo cuando no queda nada.

 

Estás en cada gota que el cielo derrama.

Te veo, te escucho, te sueño.

 

¿Volver? ¿Para qué?

Con tu recuerdo basta.

 

 

 

 

Ella…

Me visitó un día,

de todos, ese día.

 

No cuando yo lo pedí,

no porque yo lo quise,

sino cuando no sabía que lo necesitaba.

 

Llegó y me tendió un mar,

al pie de la cama.

Nuestro mar.

 

Me pintó en las paredes

una tarde soleada,

llena de espuma

y malva.

 

Me vi en sus ojos,

me sentí desde su corazón.

 

Agradecí el sol en mis brazos,

respiré la brisa y

me revolví con las olas.

 

Supe entonces que sí,

que todo estaría mejor.

 

Inhalé profundo.

Cerré los ojos y

volví a la cama.

 

Me abandoné al presente.

Exhalé y creí en su promesa:

Mañana, todo estará mejor.

Aún no…

No dije adiós entonces.

No lo necesitaba.

No de ti, ni de mí,

ni de lo que era contigo.

 

Ese día, no los quise:

ni el final, ni tu olvido.

 

Decidí mejor,

cargarme tu recuerdo a la espalda

y dejar que se me clavará,

admito, más de lo debido.

 

Te quise ayer.

Te quiero hoy.

Pero no quiero que sea así mañana.

 

Aún me levanto de la cama

y te preparo café.

 

Aún me acuesto,

y aunque cierro los ojos,

te espero en la madrugada.

 

Con los días he aprendido a extrañarte,

a reconocer que seguimos juntos.

 

No sé por qué, pero lo sé.

Aún no es tiempo,

aún no puedo,

aún no…

Te extraño…

Regresar a los viejos sitos,

recorrer solos cada camino.

 

Estar aquí,

sin ti,

pero contigo.

Pensarte,

saber que con dos tacos es suficiente

y que para acompañarlos bastará

un agua de limón.

 

Si acaso y aún queda un espacio,

comer al regreso un helado,

no antes, sino después,

ganarle un momento a la digestión.

 

Vernos lejos,

pero en el mismo cuarto.

Tendidos, rendidos

ante nosotros mismos.

 

Comer, mascarnos en cada bocado,

rompernos hasta la ultima hebra.

 

No hay nombres para este tiempo,

ni espacios para este espacio.

Te extraño.

Dilo…

-No entiendo por qué te cuesta tanto decírmelo.

Raúl aprieta los puños con tanta fuerza que hace que la mesa se mueva.

Laura, a un costado de él, mira fijo al muro frente a ella. Parece querer atravesarlo, pero es más una pregunta la que la acecha.

-No me parece justo lo que estás haciendo.

-Qué no es justo, lo que te cuido, lo que te procuro.

Laura mantiene la mirada fija. La quijada presiona y aunque tiene un mar, sólo suelta una lágrima.

-He estado un tercio de mi vida contigo. Siempre compartiéndote todo. Este reclamo es injusto.

Raúl no cede. Mira a otro lado, agacha la cabeza. El puño duele.

-Así no vamos a llegar a ningún lado. Por qué me haces esto. Por qué dejas que se me revuelva la cabeza.

Laura respira hondo, profundo. Cuenta, no en reversa para calmarse, más bien se recuenta los reclamos y si se mira bien parece que los años.

-Prefiero no hacerlo aquí.

-Hacer qué, ¿confesarte?

Laura que recién había empezado a tomar un agua de pepino, pide la cuenta.

-Con que ya nos vamos. ¿No te importa que tenga hambre, verdad? ¿Cómo has cambiado?

-Te puedes quedar si prefieres. Necesito aire.

-Porque siempre me haces sentir culpable. Yo no quiero lastimarte. Te juro que no, pero me dejas así, sin decirme nada.

El mesero tarda un poco pero finalmente lleva la cuenta. Laura que se ha contado y recontado, le pide que mejor les tome la orden. Su mirada baja y al poco tiempo su cabeza se recarga. En él, por él, para él.

Laura lleva un tercio de su vida ahí.

Abre la carta, pide rápidamente un bowl atún spicy y toma un sorbo de agua.

Raúl aún no sabe qué pedir, así que opta por lo mismo.

-Tú siempre pides lo más rico. Siempre lo digo, tú tienes el mejor gusto de todos.

Condesa, CDMX / 16:30 h

Sin ti…

A veces pasa,

que te pienso aquí.

 

Tan cerca,

que olvido que existes allá:

en ti.

 

Pasa que decido no dejarte,

que te abrazo fuerte,

que me aferro a ti,

que te quiero mío,

que te exijo para mí.

 

Pasa incluso que se me olvida que somos mortales,

con límites, con espacios propios: ajenos.

 

Desprecio entonces tu independencia,

la trágica belleza detrás de cada momento,

que se extingue al tiempo que se vive,

que nos conecta,

que nos mantiene juntos.

 

Somos.

Estamos.

Así.

 

Contigo y sin ti.

Un espacio…

Hay silencios,

largos, cortos, de varios tamaños.

 

Los hay entre nosotros,

con nosotros, en privado.

 

Hay belleza en ellos: un espacio.

 

Sabemos quienes somos,

lo que creemos que somos,

lo ordinarios que somos.

 

Sabemos, por ejemplo,

que hoy no fue un buen día.

 

Que hoy estamos juntos pero aún separados,

dos habitaciones contiguas,

con las puertas abiertas

pero con los armarios cerrados.

 

Entendemos la digna belleza que existe en ello y no lo ocultamos.

Ojalá…

Jorge recorre cada mañana el metro en busca de Juan.

Cada día apaga el despertador a la misma hora, enciende el baño y comienza a cantar.

Si el jabón o la esponja piden una canción adicional, él es incapaz de negarse, prefiere entonces abandonar la idea de peinarse: otro día quizá.

A las 6.30 am sale de casa, con o sin desodorante, con o sin desayuno, para Jorge las 6.30 am son toque de queda.

Camina o corre alrededor de 20 min para llegar a la estación, no a la más cercana, sino a la de Juan.

Al llegar, camina el andén entero, no sea que Juan esté de espaldas, traiga una chamarra nueva o cansado haya decidido sentarse. Para Jorge, cada persona, una oportunidad.

La verdad sea dicha, Juan nunca llega a tiempo, no es mala fe, es la vida… su vida, la que no lo deja estar ni aquí, ni allá.

Jorge espera, paciente.

Se detiene, mira el reloj y camina, se detiene… es como si con cada latido el mundo estuviera por cambiar.

La hora límite para el encuentro son las 7.15 am, estirando la tolerancia: 7.20 am.

Hace una semana fue a las 7.30 am, el viernes: 7.40 am, el lunes: 7.50 am y desde el martes da lo mismo: Juan no está.

Jorge que poco o nada oculta a sus ojos: camina ausente. Quizá y entonces, sin buscarlo lo encuentre.

Ojalá esté solo.

Ojalá…

Metro Revolución / 08:00 am