Tanto…

Me despido sin despedirme,

cada día, a cada abrazo,

dejo un trozo de ti

cuando te platico y te llamo.

No hay salida fácil, no dispongo de tanto espacio,

Estás en la raíz, en el tuétano,

aquí, adentro de mis sienes.

Estás en el zumbido que deja el silencio,

entre los huecos de las uñas,

en el frío que corta el aire,

que desde tu no estar me parece insano.

Han pasado días de desvelos negros

y tormentos varios.

Ha pasado que olvido tus ojos,

o se ven menos iluminados.

Ha pasado que así de pronto me cayo,

que me administro tus recuerdos para no gastarlos.

Ha pasado tanto y de a poco demasiado,

tanto así que parece que nada ha cambiado.

Tanto así que te escribo sabiendo que te has ido, pero sin sentirlo.

Tanto, que a veces te desconozco,

cuando te escucho en mis propios labios.

Te extraño…

Remorderse…

Uno se remuerde,

la boca, el insensato labio,

la traviesa lengua, el no espacio.

El recuerdo de aquel parque, la ligera ropa,

la mano curiosa que abrasa y arde.

Uno se remuerde el pecado, la llama oculta,

el crujir cadencioso de la estructura ósea.

La manzana propia y la ajena,

la uva y la cava.

Uno se remuerde despacio, lentamente,

como se lame cada pendiente,

tirándose libremente

en el vacío que se llena y se vierte.

Uno se remuerde ante el vicio de quererse,

de sentirse propio en los otros,

de tenerse y no detenerse.

Uno, qué es uno sin remorderse.

Sin probarse el tuétano y sorberse.

Sin saber que cuando uno muerde,

a veces y sólo a veces se sangra

y duele.

!Traga!…

Las palabras son fuerza.

Dolor cuando penetran.

Cuando el veneno se esparce,

aquí: adentro.

Oculto en tu sangre,

que por tuya es mía.

Trago en tu saliva el remedio.

Absorbo de tu pecho el credo.

La condena es menor si no se carga,

si sólo se traga.

Desde tus no llegadas,

cierro los ojos

y abro las rabias:

mastico encías en la cama,

!Sangra, traga!

Un segundo menos.

Se oye crujir la puerta,

le duele el frío

y su grito me impacienta.

Escucho en los gatos tus pisadas.

Cierro los ojos y me tapo la boca.

Tiemblo.

Aún no estás aquí y lloro.

Me enredo en las sábanas.

Ahogo en ellas mis templanzas.

Se me rebelan las uñas y se me clavan.

Duelen, duelen las palabras.

No necesitan boca,

con los caracoles basta.

!Sangra, traga!…

No hace falta…

La noche jamás es tan oscura como cuando faltas.

Cuando te ausentas y apareces en otras ganas,

no en las de otros, sino en las tuyas, por los otros.

Ahí, aquí,

el calor no alcanza, no abrasa.

Ahí, en tu mirada hirviendo, se ausenta el alma.

Aquí, la espalda que te encubre, revela que faltas.

Porque hay ausencias que se descubren en la presencia misma,

cercanías que generan distancias.

Faltas que lastiman justo en donde la luz no ilumina, sino incinera.

A veces, no pocas veces, pienso que me engañas.

No con alguien.

No hace falta.

Aunque callas.

Porqué callas.