Decir tu nombre es invocar tu historia…

Al hacerlo, llegan repentinas olas

de pasados, de memorias.

Regresan las caminatas insomnes, silenciosas,

y al andarlas, la brisa moja.

Tú y yo, somos mares,

bastos, profundos, salados.

A ti y a mí, nos habitan cavernas,

nos recorren ríos y nos controlan mareas.

Habitamos, sin estar, las mismas playas.

Somos agua dulce cuando no salada.

Si el alma falta,

abrimos los muros

y cubrimos los pisos de arena,

de conchas y calma.

Ahí, encontramos caracoles

que nos recuerdan

-cuando lo olvidamos todo-

la dicha de los días que nos aún no llegan.

Somos suspiros de agua,

gotas, independientes una de la otra.

Vinimos del mismo mar,

y habitamos el mismo sueño sin forma.

Decir tu nombre es invocar mi historia.

La cueva…

Hay una cueva azul.

Llena de agua,

de nada.

 

Al centro, una isla redonda,

de tierra negra azabache, sin nombre.

Segura, firme: una sola.

 

Encima, estoy yo.

Sentado, tranquilo:

respirando.

 

Hay veces que regreso ahí,

días que me encierro ahí.

 

Hoy no es uno de ellos.

Hoy, como la mayor parte del tiempo,

estoy ahí y aquí.

 

Si cierro los ojos: la cueva.

Si inhalo: huele a aquí.

Así las cosas…

Somos lo que ves,

no más, no menos.

 

Un remedo de células,

tejidos y líquidos

nos conforma, nos limita,

nos define, nos sostiene.

 

Pedirnos más,

esperar más de nosotros,

es creer en Dios:

cegarse a nuestra humanidad.

 

Somos lo que somos,

no más, no menos.

 

Trascendemos cuando lo sabemos,

cuando lo aceptamos,

cuando sin querer,

queremos serlo.

 

Caer…

Te vi caer boca arriba,

los brazos abiertos,

abrazando la vida al tiempo que te despedías…

 

El mar en calma, la mirada perdida

¿qué te llevaste impreso en las pupilas?,

algún recuerdo, el azul profundo,

tú último sueño…

 

No tuve el valor de investigarlo,

no pude volver a verte,

no en la arena, no en la casa…

 

No ayer y por supuesto,

no mañana…

 

A veces, no pocas veces, me arrepiento.

Porque en tus ojos es el único lugar en que me encuentro.

 

Lo sé, porque aún los veo.

 

Cada mañana,

frente al muro blanco de la recámara

se dibuja una playa…

 

Cada mañana yo le digo te amo

y él me devuelve un suspiro que me sabe a beso…

 

Piensa en mi…

Tu partida se instaló en la parte ajena de mi colchón,

a milímetros de mi pierna derecha

hay un vacío que ejerce succión.

 

Si acaso me descuido y

durante un momento me quedo dormido,

amanezco sin dedos, la otra noche sin brazos,

hoy sospecho que sin corazón.

 

No me quejo, aquí ya para nada servía,

quizá y allá a algún estómago mantenga con vida.

 

Me han dicho que sabe bien encebollado, como el hígado,

aunque según sé la melancolía lo prefiere crudo y desvenado.

 

A decir verdad, me parece justo que se lo coman,

que sea alimento de solitarias y  moscas.

Porque tanta vida en este cuerpo no cabe,

no le va, a nada sabe.

 

Ya sé que contigo no me alcanza para el “te extraño”

pero si acaso puedes, en el tiempo perdido:

piensa en mi.

 

Porque a mí, sin ti,

sólo me queda sobrevivir dos olvidos:

el tuyo y el mío…

En la orilla…

Hay un vacío en la orilla,

un silencio en el agua,

un pudor que no existía.

 

Me gustaba la desnudez en tus ojos.

En esa sonrisa radiante y felina.

 

Mi piel se sentía tan mía, que era tuya.

Una ofrenda honesta, necesaria,

desengañada del nosotros,

convaleciente de pensarnos.

 

Nunca dijiste que partirías,

tampoco que volverías.

Soy yo quien no regresa todavía,

el que se aferra a esta orilla.

 

Un límite que abarca tu historia y la mía.

Así, separada.

Así, vacía…

 

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Fotografía de Berna Badillo (Pop Photography’)

 

Las paredes…

Las paredes dicen que ya no me quieres,

han escuchado otras voces

que susurran amores entre sábanas y almohadas.

 

Dicen también que desde hace días

les resuena en las varillas tu risa franca,

tus pies sin luto y tu voz confiada.

 

Nadie, aseguran, sabe que tus pensamientos

están mudando sus raíces al bolsillo,

abandonando las noches de vena larga.

 

Dicen que mis ecos ya no bastan,

no estoy: estuve,

soy un pasado que se irá mañana.

 

¿Sabrán que las extraño?

Que hoy, al venir a recoger los recuerdos,

las veo más grandes, más cálidas.

¿Sabrán que me faltan?

 

Tanto como lo hará este florero que dejo olvidado,

tanto como tú…

Tu espalda.

Tanto…

Me despido sin despedirme,

cada día, a cada abrazo,

dejo un trozo de ti

cuando te platico y te llamo.

No hay salida fácil, no dispongo de tanto espacio,

Estás en la raíz, en el tuétano,

aquí, adentro de mis sienes.

Estás en el zumbido que deja el silencio,

entre los huecos de las uñas,

en el frío que corta el aire,

que desde tu no estar me parece insano.

Han pasado días de desvelos negros

y tormentos varios.

Ha pasado que olvido tus ojos,

o se ven menos iluminados.

Ha pasado que así de pronto me cayo,

que me administro tus recuerdos para no gastarlos.

Ha pasado tanto y de a poco demasiado,

tanto así que parece que nada ha cambiado.

Tanto así que te escribo sabiendo que te has ido, pero sin sentirlo.

Tanto, que a veces te desconozco,

cuando te escucho en mis propios labios.

Te extraño…

Remorderse…

Uno se remuerde,

la boca, el insensato labio,

la traviesa lengua, el no espacio.

El recuerdo de aquel parque, la ligera ropa,

la mano curiosa que abrasa y arde.

Uno se remuerde el pecado, la llama oculta,

el crujir cadencioso de la estructura ósea.

La manzana propia y la ajena,

la uva y la cava.

Uno se remuerde despacio, lentamente,

como se lame cada pendiente,

tirándose libremente

en el vacío que se llena y se vierte.

Uno se remuerde ante el vicio de quererse,

de sentirse propio en los otros,

de tenerse y no detenerse.

Uno, qué es uno sin remorderse.

Sin probarse el tuétano y sorberse.

Sin saber que cuando uno muerde,

a veces y sólo a veces se sangra

y duele.

Días que olvidan…

Los días pasan extraños.

Unos detrás de otros,

arrítmicos, vienen, van.

Danzan fuerte entre las doce y las cuatro,

aunque con el tiempo uno deja de escucharlos.

Sus pasos no son los nuestros,

su destino es inexistente, atemporal.

Hoy tropecé con uno y la caída me dejó inconsciente.

Caí de lleno entre el hubiera y el podría.

Lo único que supe al despertar del trance fue que moriría pronto,

quizá en medio centenar de años, quizá menos,

espero que los suficientes para poderme seguir bañando con mi soledad.

Ayer, hoy, mañana,

hay momentos en los que no sé en qué tiempo conjugarme.

El cuerpo incluso parece distar del alma algunas veces.

No pocas.

No siempre.

Uno ve a los niños y ríe,

Ingenuamente cuando confunden el ayer y el mañana, uno corrige.

Aún sabiendo que el ayer sí puede ser el mañana y

que el mañana también puede ser un ayer que nunca acaba.

Los días pasan extraños,

olvidándose unos a otros,

olvidándonos nosotros…