Tienes sal en la sangre…

Si te miras bien los poros

reconocerás cristales rotos.

 

En ti se resguarda la tristeza rala,

de ser quien no eres,

de ser quien no puedes.

 

Densa es tu existencia,

dura tu mirada.

Respiras humo,

comes carne humana.

 

Tienes hambre de saciedad,

ansiedad de alivio.

 

Eres lava,

azufre, rabia.

El grito constante que no se escucha,

que no se ve,

que ni siquiera sangra.

 

Eres parda,

sin un ojo,

por propia espada.

 

Eres lo que por no ser no se extraña.

 

Nada.

No sé si te lo dije antes pero todavía me dueles…

Hoy que me despedí de ti,

me regresó tu peso a los pulmones.

 

Tu adiós se transformó al momento

en un recuerdo vivo,

abrasivo: nuestro.

 

Adentro, sentí desvencijarse mis costillas,

caían una encima de la otra.

Al fondo mi autoestima, mi fuerza.

 

Caminaba derrotado,

cuando en un acto de torpe valentía,

volteé la cara, esperando fallidamente

encontrarme con tu mirada.

 

Recordé entonces el doloroso espacio que queda después de tu nombre.

 

En mis pupilas, se amontonaron

parvadas de luciérnagas pardas.

No creían tu abandono y

te miraron directo a la espalda.

 

Desesperadas,

revoloteaban por todas las cuencas:

buscaban nuestra oscuridad para iluminarla.

 

Para su desventura,

ni eso quedaba.

 

Y en la desesperación,

se me encarnaron una a una,

en estos dedos que sin saber porqué

te llaman.

 

¿Podrías culparlas?

 

Marca.

Mi paciencia.

Marca.

Mi coraje.

Marca.

Mi tristeza.

Marca.

La vergüenza.

Marca.

 

Y hoy,

como hasta antes de encontrarte:

no contestas.

Aún no…

No dije adiós entonces.

No lo necesitaba.

No de ti, ni de mí,

ni de lo que era contigo.

 

Ese día, no los quise:

ni el final, ni tu olvido.

 

Decidí mejor,

cargarme tu recuerdo a la espalda

y dejar que se me clavará,

admito, más de lo debido.

 

Te quise ayer.

Te quiero hoy.

Pero no quiero que sea así mañana.

 

Aún me levanto de la cama

y te preparo café.

 

Aún me acuesto,

y aunque cierro los ojos,

te espero en la madrugada.

 

Con los días he aprendido a extrañarte,

a reconocer que seguimos juntos.

 

No sé por qué, pero lo sé.

Aún no es tiempo,

aún no puedo,

aún no…

Ojalá…

Jorge recorre cada mañana el metro en busca de Juan.

Cada día apaga el despertador a la misma hora, enciende el baño y comienza a cantar.

Si el jabón o la esponja piden una canción adicional, él es incapaz de negarse, prefiere entonces abandonar la idea de peinarse: otro día quizá.

A las 6.30 am sale de casa, con o sin desodorante, con o sin desayuno, para Jorge las 6.30 am son toque de queda.

Camina o corre alrededor de 20 min para llegar a la estación, no a la más cercana, sino a la de Juan.

Al llegar, camina el andén entero, no sea que Juan esté de espaldas, traiga una chamarra nueva o cansado haya decidido sentarse. Para Jorge, cada persona, una oportunidad.

La verdad sea dicha, Juan nunca llega a tiempo, no es mala fe, es la vida… su vida, la que no lo deja estar ni aquí, ni allá.

Jorge espera, paciente.

Se detiene, mira el reloj y camina, se detiene… es como si con cada latido el mundo estuviera por cambiar.

La hora límite para el encuentro son las 7.15 am, estirando la tolerancia: 7.20 am.

Hace una semana fue a las 7.30 am, el viernes: 7.40 am, el lunes: 7.50 am y desde el martes da lo mismo: Juan no está.

Jorge que poco o nada oculta a sus ojos: camina ausente. Quizá y entonces, sin buscarlo lo encuentre.

Ojalá esté solo.

Ojalá…

Metro Revolución / 08:00 am

Humo…

Me fumo tus ausencias, solo,

intoxicado por tus recuerdos.

 

Enciendo un cigarro

y su aroma te trae en un momento.

Inhalo y te siento dentro.

 

Envestido en humaredas,

descifro en sus formas:

¿dónde estás?,

¿qué haces?,

si es que vives más, allá.

Allá…

 

Supongo que no

y lo creo:

me extrañas,

lo siento.

 

Miro de reojo la cajetilla:

con este último te dejo.

Lo enciendo y

me abandono al silencio.

 

Al consumirte,

los galopes cesan,

el aire se vuelve denso.

 

Cierro la ventana,

secuestro el humo,

duermo.

Piensa en mí

Tu partida se instaló en la parte ajena de mi colchón.

A milímetros de mi pierna derecha, un vacío ejerce succión.

 

Si acaso me descuido y un rato me quedo dormido, 

amanezco sin dedos, la otra noche sin brazos, 

hoy sospecho que sin corazón. 

 

No me quejo,

aquí ya de nada servía, 

en cambio allá,

quizá a algún estómago mantendrá con vida.

 

Me han dicho que sabe bien encebollado, como el hígado.

Aunque según sé la melancolía lo prefiere crudo y desvenado.

 

A decir verdad, me parece justo que se lo coman, 

que sea alimento de solitarias y moscas. 

 

Porque tanta vida en este cuerpo no cabe. 

No le va, a nada sabe.

 

Con tu partida, sólo me resta la esperanza de ser

recuerdo de una noche de insomnio, 

pensamiento fugaz de regadera, 

ocaso de inodoro.

 

Ya sé que contigo no me alcanza para el «te extraño»,

pero si acaso puedes,

en el tiempo perdido:

piensa en mí. 

 

Porque a mí, sin ti,

sólo me queda sobrevivir dos olvidos:

el tuyo y el mío…

Aquí…

La soledad siempre está aquí,
desierta y cruda en el silencio.
Bajo los párpados,
con la boca abierta:
hambrienta.

A veces, no pocas veces,
se le encuentra sentada a la mesa.
Cortando algún recuerdo:
remordiéndolo.

*Nunca dije lo siento.*

*Al tocar mi pecho, seguías ahí.
Te sentí en mi mano.
Decidí seguir.*

Hoy, me encontró en la tina,
se paró detrás de mí.
Me dio un abrazo profundo.
Se me instaló aquí.

Cuando uno decide irse, debe saber lo que significa.

Al hacer la maleta,

uno debe olvidarse de las distancias cortas,

del mensaje indiscreto a deshoras,

de pedir un favor seguro de ser resuelto,

del radiante olor que deja un “te quiero” al amanecer.

Al tiempo de guardar las camisas,

uno debe prever que los botones incompletos seguirán así unos meses

y que las arrugas se irán cuando sincronicen con el nuevo tiempo.

Los calcetines estarán desiguales y rotos,

el clóset  ganará la mitad en ausencia,

y en un espacio cenará enmudecida la tristeza que te invade.

Los retratos descansarán en el abismo de los recuerdos,

salvándose sólo algunos, los menos.

Habrá en los pantalones notas varias,

manchas firmes de vino y de cuello que permanecerán tatuadas

aún cuando los botones estén abiertos.

Los libros contarán de pronto una historia distinta,

las palabras combinarán lo escrito con lo vivido,

la tinta será densa en las dedicatorias,

con sonoros ecos, hoy ajenos, de murmullos, risas y  llanto.

Al cerrar el equipaje, como la puerta,

uno sin saberlo se despide del crujir de la madera,

del abrazo nocturno,

de saber que alguien lo espera.

Cuando uno decide irse, debe tener en cuenta,

que carga más de lo poco que se lleva,

y que echará de menos todo lo que se queda…

Caer…

Te vi caer boca arriba,

los brazos abiertos,

abrazando la vida al tiempo que te despedías…

 

El mar en calma, la mirada perdida

¿qué te llevaste impreso en las pupilas?,

algún recuerdo, el azul profundo,

tú último sueño…

 

No tuve el valor de investigarlo,

no pude volver a verte,

no en la arena, no en la casa…

 

No ayer y por supuesto,

no mañana…

 

A veces, no pocas veces, me arrepiento.

Porque en tus ojos es el único lugar en que me encuentro.

 

Lo sé, porque aún los veo.

 

Cada mañana,

frente al muro blanco de la recámara

se dibuja una playa…

 

Cada mañana yo le digo te amo

y él me devuelve un suspiro que me sabe a beso…

 

¿A qué sabe el engaño?…

Amargo, si se bebe de otras manos.
A sangre, si resulta de morderse los labios.
Como sea, siempre es crudo y visceral.

Tóxico con salud,
Adictivo en enfermedad.

Digerirlo requiere mucho sueño
A falta de olvido,
se recomienda soledad.

De esa que se acompaña de uno mismo.
Vacía de estómago,
de orgullo, de verdad.

¿A qué sabe el engaño?
Sabe a nosotros:
sedientos de mar…