Humedades…

Hay humedades sobre nosotros.

Restos palpables de nuestra existencia,

de nuestros vapores.

Son manchas ajenas a la sombra.

Rastros más pesados que nuestro paso.

Hongos que surgen de nuestras pieles,

residuos de nuestros actos.

Encima de nosotros,

entre los azulejos del baño,

en las esquinas de los cuartos,

hay cadáveres de pensamientos y sueños varios.

Sin forma, sin tacto,

con el color del llanto.

Corrosivos como la rabia y la mentira.

Cavando, siempre cavando.

Son nuestros crímenes, nuestras deudas,

la prueba de que los pasados perduran,

a pesar de nosotros, de nuestro olvido,

de la cal y el canto.

Llegas…

Hay restos de lava en tu cuerpo,
cenizas en el cabello,
una fumarola gris te nubla la mirada.
Sueñas despierto, por otra cama.

Cada día, cada espera,
se crean islas que nos separan.
Un archipiélago de razones que pronto crearán un mundo,
una distancia.

¿Será hoy?, quizá mañana.

Necesito que antes se me quemen las pestaña.
Que se consuman los sueños que en ellas descansan,
los mismos que ahogue ayer en alcohol,
los que espero exploten cada mañana.

Cuando llegas recién bañado,
con una sonrisa oculta en el te quiero,
con labio ajeno injertado en la lengua,
me preparó para lo inevitable, pero la fuerza no alcanza.

Debajo de tu paladar distingo la mentira,
esa que sabe lamerme el perdón de la espalda.
Que me doméstica las rabias.

Espero ansioso irme.
Ansioso, sin hacer la maleta.
Ansioso, tendido en esta cama.

Ansioso, con tu espalda en la mirada…

Exhalar…

¿Que si te quiero?

A plena calle, bajo la sombra de mayo, preguntas sin preguntar.

Es la costumbre, la que siempre nos vuelve a encontrar.

Los mismos sitios, después de años.

Estás aquí, como yo, sólo por estar.

Se escucha en tu voz el naufragio que dejan las tormentas.

Sabes como lo sé yo, que pasará mucho tiempo antes del final.

Tienes miedo, yo también; otro ataque de ansiedad.

Asfixia el aire: sobra.

Demasiado oxígeno.

El hábito llegará.

Sólo hay que aprender a respirar.

Inhalar:

-Te quise.

En tus ojos se conservan restos de hielo, de lo que antes fue fuego, hoy recuerdo.

Aprietas tu mochila a la espalada.

Recuperas la postura.

Exhalar….

Regresa…

Jamás pude olvidar tu espalda.

Era firme, angulosa, una piedra de río: filosa,

de esas que tiras a los charcos esperando te revelen el eco de las mariposas.

Una roca llana, lisa, que delicadamente se me encarnó entre los ojos el día de tu partida.

Te recuerdo al salir del cuarto: tres maletas y una desesperación sin forma.

Tú y tus decisiones desmedidas,

esas que secretamente detesto,

las mismas por las que pienso aceptarte de regreso.

Cuánto resta para tu regreso,

porque esta vez, aunque a ratos me lo niego,

la piedra se hundió al primer golpe dejándolo todo desierto.

Obligándome a mí que nada sé de arenas

a refugiarme en una pausa incesante, sin tregua.

Entre la tabula rasa y el silencio.

Recuerdas tu despedida, fue un adiós incompleto.

El punto llegó antes del te quiero,

de ese que me mantiene preso,

por el que en cada nueva página tropiezo.

El origen de la nota al pie que escribo a diario,

con la que rotulé un cuaderno completo.

Un recordatorio de tu inverosímil regreso,

un recordatorio que me obliga antes de mudar el lápiz a tinta

a enfrentarme a todo un universo.

Uno menos siniestro,

uno hecho a modo,

uno más mío que nuestro.

Regresa pronto,

te espero…

Tu partida…

Tú partida se instaló en la parte ajena de mi colchón.

A milímetros de mi pierna derecha hay un vacío que cada noche ejerce succión.

Si acaso me descuido y un rato me quedo dormido, amanezco sin dedos,

la otra noche sin brazos, hoy sospecho que sin corazón.

No me quejo, aquí ya de nada servía,

allá quizá y a algún estomago mantendrá con vida.

Me han dicho que sabe bien encebollado, como el hígado,

aunque según sé la melancolía lo prefiere crudo y desvenado.

A decir verdad, me parece justo que se lo coman,

que sea alimento de solitarias y de moscas,

porque tanta vida en este cuerpo no cabe,

no le va, a nada sabe.

Con tu partida sólo me resta la esperanza de ser recuerdo de una noche de insomnio,

el  pensamiento fugaz de regadera, ocaso de inodoro.

Ya sé que contigo no me alcanza para el “te extraño”

pero si acaso puedes, en el tiempo perdido: piensa en mí,

porque a mí, sin ti, solo me queda sobrevivir dos olvidos:

                                           …el tuyo y el mío…

Jurar…

Jure nunca volver a caer en tus brazos.

Jamás por accidente, no de nuevo.

No al naufragio.

Se lo juré a tu espalda, mientras la puerta se iba cerrando.

Hasta aquí, no hay más.

Te jure pasado.

Anoche, llegue a casa del trabajo y me arrulló el cansancio.

Estaba tan indefenso que me descuide a mí mismo y te termine soñando.

Te encontré tal como cuando decidí alejarme,

desnuda en un mar de sábanas, vacío el semblante.

Estabas tan ajena, tan fría.

Tan ausente de ti misma,

de nosotros, de la vida.

Jamás sabrás cuánto me dolió tu partida.

Con decirte que las mariposas se volvieron carnívoras.

-Ven acá, susurre de pronto.

Te miraba directo a los ojos.

-Ven acá, insistí otro poco.

Te recostaste en mi pecho y despertaron las lágrimas.

Esta vez no voy a dejarte.

No soy tan fuerte, no frente al aire.

Esta vez te obligaré a quedarte.

Te abracé tan fuerte que desperté con los dedos clavados a las costillas.

La cama vacía.

Terriblemente blanca, inerte, sin vida.

Entonces me examiné el corazón y seguía roto.

Como aquella noche, tu noche,

Esa en la que jure soltarte,

despedirme de ti y empezar en otra parte.

Por desgracia se cruzó tu espalda,

y como no sé herir a traición, aquí me tienes,

esperando sin esperar más nada.

No sea que recuerdes que dejaste tu ausencia en mi pecho,

cosechando un par de ilusiones que aún no han muerto.

De esas que te tatúan en los parpados laberintos,

hoyos negros con color a sueño.

Jure nunca volver a caer en tus brazos.

Pero en tu espalda…

No sé cómo evitarlo…