Descubrí en tu espacio mi sonido.

Bastó abandonar esa cama,

vacía, gastada, prestada,

para sentir por primera vez,

que el oxígeno era mío.


Inhalar era algo nuevo,

ligero, arrítmico.

Poco a poco encontrando mi ritmo.


¿Dónde estuve tantos años?

¿Dónde me dejé varado?

¿Por qué no sabía que estaba perdido?


Debí tejerme un hilo a la espalda,

amarrarlo detrás de mi cascada

y revisar continuamente que no se secara.


Hace días que me fui,

y aún cargo en la maleta nuestra sábana.

Tiene restos de mi piel contigo,

de cuando nuestras gotas eran salinas y humanas.


Hoy decidí tirarla por la ventana.

Honrar nuestro tiempo

y dejar que el final nos alcanzara.


Me sentí los huecos y hubo calma.


Descubrí en tu espacio mi sonido

y mi silencio acalló

el eco de lo perdido.


Se me instaló el perdón,

y hoy estoy aquí, conmigo.

Tanto…

Me despido sin despedirme,

cada día, a cada abrazo,

dejo un trozo de ti

cuando te platico y te llamo.

No hay salida fácil, no dispongo de tanto espacio,

Estás en la raíz, en el tuétano,

aquí, adentro de mis sienes.

Estás en el zumbido que deja el silencio,

entre los huecos de las uñas,

en el frío que corta el aire,

que desde tu no estar me parece insano.

Han pasado días de desvelos negros

y tormentos varios.

Ha pasado que olvido tus ojos,

o se ven menos iluminados.

Ha pasado que así de pronto me cayo,

que me administro tus recuerdos para no gastarlos.

Ha pasado tanto y de a poco demasiado,

tanto así que parece que nada ha cambiado.

Tanto así que te escribo sabiendo que te has ido, pero sin sentirlo.

Tanto, que a veces te desconozco,

cuando te escucho en mis propios labios.

Te extraño…