Te extraño…

Regresar a los viejos sitos,

recorrer solos cada camino.

 

Estar aquí,

sin ti,

pero contigo.

Pensarte,

saber que con dos tacos es suficiente

y que para acompañarlos bastará

un agua de limón.

 

Si acaso y aún queda un espacio,

comer al regreso un helado,

no antes, sino después,

ganarle un momento a la digestión.

 

Vernos lejos,

pero en el mismo cuarto.

Tendidos, rendidos

ante nosotros mismos.

 

Comer, mascarnos en cada bocado,

rompernos hasta la ultima hebra.

 

No hay nombres para este tiempo,

ni espacios para este espacio.

Te extraño.

Un espacio…

Hay silencios,

largos, cortos, de varios tamaños.

 

Los hay entre nosotros,

con nosotros, en privado.

 

Hay belleza en ellos: un espacio.

 

Sabemos quienes somos,

lo que creemos que somos,

lo ordinarios que somos.

 

Sabemos, por ejemplo,

que hoy no fue un buen día.

 

Que hoy estamos juntos pero aún separados,

dos habitaciones contiguas,

con las puertas abiertas

pero con los armarios cerrados.

 

Entendemos la digna belleza que existe en ello y no lo ocultamos.

Ojalá…

Jorge recorre cada mañana el metro en busca de Juan.

Cada día apaga el despertador a la misma hora, enciende el baño y comienza a cantar.

Si el jabón o la esponja piden una canción adicional, él es incapaz de negarse, prefiere entonces abandonar la idea de peinarse: otro día quizá.

A las 6.30 am sale de casa, con o sin desodorante, con o sin desayuno, para Jorge las 6.30 am son toque de queda.

Camina o corre alrededor de 20 min para llegar a la estación, no a la más cercana, sino a la de Juan.

Al llegar, camina el andén entero, no sea que Juan esté de espaldas, traiga una chamarra nueva o cansado haya decidido sentarse. Para Jorge, cada persona, una oportunidad.

La verdad sea dicha, Juan nunca llega a tiempo, no es mala fe, es la vida… su vida, la que no lo deja estar ni aquí, ni allá.

Jorge espera, paciente.

Se detiene, mira el reloj y camina, se detiene… es como si con cada latido el mundo estuviera por cambiar.

La hora límite para el encuentro son las 7.15 am, estirando la tolerancia: 7.20 am.

Hace una semana fue a las 7.30 am, el viernes: 7.40 am, el lunes: 7.50 am y desde el martes da lo mismo: Juan no está.

Jorge que poco o nada oculta a sus ojos: camina ausente. Quizá y entonces, sin buscarlo lo encuentre.

Ojalá esté solo.

Ojalá…

Metro Revolución / 08:00 am

Caer…

Te vi caer boca arriba,

los brazos abiertos,

abrazando la vida al tiempo que te despedías…

 

El mar en calma, la mirada perdida

¿qué te llevaste impreso en las pupilas?,

algún recuerdo, el azul profundo,

tú último sueño…

 

No tuve el valor de investigarlo,

no pude volver a verte,

no en la arena, no en la casa…

 

No ayer y por supuesto,

no mañana…

 

A veces, no pocas veces, me arrepiento.

Porque en tus ojos es el único lugar en que me encuentro.

 

Lo sé, porque aún los veo.

 

Cada mañana,

frente al muro blanco de la recámara

se dibuja una playa…

 

Cada mañana yo le digo te amo

y él me devuelve un suspiro que me sabe a beso…

 

Te espero…

Duermes y todo perece.

 

El cuaderno que estaba en el buró

se deshoja y llueve.

 

Hojas al vuelo,

cenizas cayendo.

 

Sabes que la tinta

oculta algunos ecos,

una risa, un te quiero.

Un par de promesas

y algunos rezos.

 

-Te amo, te amo, te amo…

Me lo repito todo el tiempo.

Dejo apenas el espacio justo para respirar,

y evado el silencio.

 

Tengo miedo.

 

Terror de amanecer mañana

y ser un laberinto,

vacío, incompleto.

 

Miedo de caer de la cuerda

y jamás nunca rozar el suelo.

 

Cada día siento que me pierdo.

 

Ayer, por ejemplo,

me dormí sin cansancio y sin sueño,

si me preguntas, todavía no despierto,

aunque te veo.

 

Tengo frío.

Lo siento.

Siento oxígeno

y miedo.

 

-Te amo, te amo, te amo…

Regresa pronto.

Te espero.

Remorderse…

Uno se remuerde,

la boca, el insensato labio,

la traviesa lengua, el no espacio.

El recuerdo de aquel parque, la ligera ropa,

la mano curiosa que abrasa y arde.

Uno se remuerde el pecado, la llama oculta,

el crujir cadencioso de la estructura ósea.

La manzana propia y la ajena,

la uva y la cava.

Uno se remuerde despacio, lentamente,

como se lame cada pendiente,

tirándose libremente

en el vacío que se llena y se vierte.

Uno se remuerde ante el vicio de quererse,

de sentirse propio en los otros,

de tenerse y no detenerse.

Uno, qué es uno sin remorderse.

Sin probarse el tuétano y sorberse.

Sin saber que cuando uno muerde,

a veces y sólo a veces se sangra

y duele.

!Traga!…

Las palabras son fuerza.

Dolor cuando penetran.

Cuando el veneno se esparce,

aquí: adentro.

Oculto en tu sangre,

que por tuya es mía.

Trago en tu saliva el remedio.

Absorbo de tu pecho el credo.

La condena es menor si no se carga,

si sólo se traga.

Desde tus no llegadas,

cierro los ojos

y abro las rabias:

mastico encías en la cama,

!Sangra, traga!

Un segundo menos.

Se oye crujir la puerta,

le duele el frío

y su grito me impacienta.

Escucho en los gatos tus pisadas.

Cierro los ojos y me tapo la boca.

Tiemblo.

Aún no estás aquí y lloro.

Me enredo en las sábanas.

Ahogo en ellas mis templanzas.

Se me rebelan las uñas y se me clavan.

Duelen, duelen las palabras.

No necesitan boca,

con los caracoles basta.

!Sangra, traga!…

Extraño…

Lloro tu ausencia antes de vivirla.

Porque sé que pronto me acompañará en la cama.

Preveo noches de sueño negro y

de espera eterna.

Cargo entre los dedos tus recuerdos,

los que tuvimos antes, los que tendremos.

Me pesan como cargar en el cuello tu despedida,

la fría estampa que dejará tu mano,

el vació que quedará sin tu aliento, recién despierto.

Cada día, sin saberlo o por pensarlo demasiado,

me digo que te extraño.

Lo susurro, desde adentro:

-Te extraño.

Me convenzo de ello y salgo a la calle con un hueco.

El mismo por el que se me escapa ahora el universo,

Porque aún ahora,

contigo aquí: te extraño.