Despierto

Cada mañana, 

me acompaño de tus ojos,

de tus bordes, de tus roces.



Amanezco abandonado en tu playa,

en tu espalda, en tus voces. 



Si me acorrala el frío, 

recorro las cuevas que guardan tu aroma

y me vacío en tus memorias, 

aferrado a pedazos de historias.



Extraño tu nombre en el teléfono,

bastaba verlo o sentirlo vibrar

para saber que regresabas a mí.



Los días abandonaron las horas, 

se repiten rememorando nuestros ecos,

nuestras derrotas, nuestras glorias.



La casa remodeló los cuartos y los convirtió en momentos.



Desayuno en nuestro primer beso,

enciendo la televisión en nuestro primer pleito.

Ceno en nuestra primera cita

y duermo en el momento justo 

en que renunciábamos al sueño.



Cada mañana despierto y

existo en tu ausencia

porque, sólo entonces, estás aquí.

Descubrí en tu espacio mi sonido.

Bastó abandonar esa cama,

vacía, gastada, prestada,

para sentir por primera vez,

que el oxígeno era mío.


Inhalar era algo nuevo,

ligero, arrítmico.

Poco a poco encontrando mi ritmo.


¿Dónde estuve tantos años?

¿Dónde me dejé varado?

¿Por qué no sabía que estaba perdido?


Debí tejerme un hilo a la espalda,

amarrarlo detrás de mi cascada

y revisar continuamente que no se secara.


Hace días que me fui,

y aún cargo en la maleta nuestra sábana.

Tiene restos de mi piel contigo,

de cuando nuestras gotas eran salinas y humanas.


Hoy decidí tirarla por la ventana.

Honrar nuestro tiempo

y dejar que el final nos alcanzara.


Me sentí los huecos y hubo calma.


Descubrí en tu espacio mi sonido

y mi silencio acalló

el eco de lo perdido.


Se me instaló el perdón,

y hoy estoy aquí, conmigo.

Darse

Uno no se entrega para ser devuelto.

Uno se da porque el corazón

ya no aguanta el propio peso.


La carne, necesita más carne.

Los huesos, otros huesos.

Las venas, otras arterias.

Las sequías, otras tierras.


Uno se da para borrarse los límites,

para habitar las extrañas pieles

y dejar que su vida,

exista en las otras vidas.


Uno que poco sabe de lo propio,

busca en la gota ajena,

la certeza de su existencia.


Y es así como de tanto darse,

ignorante se abandona la propia tierra,

que tarde y seca regresa,

que tarde y seca te espera.

Lo que ha pasado

Ha pasado que te extraño, 

en los momentos más raros. 


Cuando miro al cielo

y está nublado, 

siento entre mis dedos

tu espacio y tu cansancio. 


Cuando ni la noche cabe

entre tus venas y mis labios, 

me pregunto si es carne  

o ausencia lo que nos damos.


Cuando nos oscurece tanto, 

que se nos desaparecen los propios ojos, 

olvidamos que existimos,

y entonces descanso.


Nos hemos olvidado tanto, 

que sin poseernos nos dejamos.


Y así, abrazados, uno de la nostalgia del otro,

nos perdemos para no encontrarnos.

El cuerpo tiene necesidades extrañas…

Ajenas, impropias,

prestadas y, a ratos, robadas.

Afecciones regulares,

que se antojan permanentes,

casi propias, de los propios dientes.

Adicciones como la de la boca:

su boca.

La de los labios:

sus labios.

Los besos:

sus besos.

La lengua:

mi nombre.

Una mordida:

su cuello.

El descanso:

su pecho.

Todas las sinrazones dispuestas

en este espacio,

que no es nuestro, sino mío,

para él, de él:

su espacio.

En este mar

sin sal, ni playa,

hay un oleaje lila,

de ese que va y viene,

que viene, llega y me lleva…

Me amanecieron los ojos con tu recuerdo

Justo antes de inundarme de sol,

despegué los párpados y estaba ciego.

 

Tú, estabas adentro.

 

Para recuperarme,

cerré los ojos,

pero me venció el miedo. 

 

Lo ocupabas todo,

incluso lo nuevo.

 

Fue mi culpa,

cedí sin saberlo.

 

Te regalé segundos de inconsciente,

consecuencia de mis profundos desvelos.

 

Tuviste entonces el tiempo suficiente

para plantarte en el no futuro,

cerquita del remordimiento.

 

Al encontrarte ahí,

me castigó la culpa

y me condenó al silencio.

 

Me enredé las pestañas

y te construí un universo.

 

Un lugar oscuro, pero nuestro.

En donde nos encontramos desconocidos,

con pretextos nuevos.

 

Un infinito de falso cielo

en el que me oculto cuando escasea el sueño.

 

Me amanecieron los ojos,

pero se me durmió el tiempo.

Hay momentos…

Hay momentos que nacieron para ser recuerdos.

 

Historias finitas,

concebidas para no volver,

para alimentar el tiempo perdido,

y nada más.

 

Despertar.

Tender la cama.

Lavar la ropa.

Regar las plantas.

Destenderla y al recostarse,

tratar de entender

por qué se habita esta casa.

 

Hay demasiado color en esta mesa,

demasiado aire en el techo.

Y, así de pronto, un remolino,

cansado de tanto irse: regresa.

 

Tú al centro y

está vez no hay tregua.

 

Y entonces lo recuerdas:

Hay cosas que existen para no vivirse.

es bueno que lo sepas,

pero también que lo ignores.

 

Hay lo que hay.

Y lo que habrá, lo habrá.

 

Hay cosas que nacen para ser recuerdos.

Aunque quizá, tal vez, esta vez, yo pueda…

Un espacio…

Hay silencios,

largos, cortos, de varios tamaños.

 

Los hay entre nosotros,

con nosotros, en privado.

 

Hay belleza en ellos: un espacio.

 

Sabemos quienes somos,

lo que creemos que somos,

lo ordinarios que somos.

 

Sabemos, por ejemplo,

que hoy no fue un buen día.

 

Que hoy estamos juntos pero aún separados,

dos habitaciones contiguas,

con las puertas abiertas

pero con los armarios cerrados.

 

Entendemos la digna belleza que existe en ello y no lo ocultamos.