Despierto

Cada mañana, 

me acompaño de tus ojos,

de tus bordes, de tus roces.



Amanezco abandonado en tu playa,

en tu espalda, en tus voces. 



Si me acorrala el frío, 

recorro las cuevas que guardan tu aroma

y me vacío en tus memorias, 

aferrado a pedazos de historias.



Extraño tu nombre en el teléfono,

bastaba verlo o sentirlo vibrar

para saber que regresabas a mí.



Los días abandonaron las horas, 

se repiten rememorando nuestros ecos,

nuestras derrotas, nuestras glorias.



La casa remodeló los cuartos y los convirtió en momentos.



Desayuno en nuestro primer beso,

enciendo la televisión en nuestro primer pleito.

Ceno en nuestra primera cita

y duermo en el momento justo 

en que renunciábamos al sueño.



Cada mañana despierto y

existo en tu ausencia

porque, sólo entonces, estás aquí.

Lo que ha pasado

Ha pasado que te extraño, 

en los momentos más raros. 


Cuando miro al cielo

y está nublado, 

siento entre mis dedos

tu espacio y tu cansancio. 


Cuando ni la noche cabe

entre tus venas y mis labios, 

me pregunto si es carne  

o ausencia lo que nos damos.


Cuando nos oscurece tanto, 

que se nos desaparecen los propios ojos, 

olvidamos que existimos,

y entonces descanso.


Nos hemos olvidado tanto, 

que sin poseernos nos dejamos.


Y así, abrazados, uno de la nostalgia del otro,

nos perdemos para no encontrarnos.

Te siento…

Amanecí en la playa.

A pie de playa,

en nuestra playa.

 

Entre caracoles y conchas,

la arena blanca.

 

Un mar picado,

azul, con destellos violetas,

y un cielo raso,

en negativo,

como película vieja.

 

Amanecí sin ti.

 

Con tu voz,

contando historias,

anécdotas, pensando en esto y aquello.

 

¿Qué es esto que se siente como un destierro?

 

Amanecí

y hoy por primera vez,

la playa, nuestra playa,

no estaba lejos.

 

Estaba aquí.

 

Aquí.

 

Te siento.

Te espero…

Duermes y todo perece.

 

El cuaderno que estaba en el buró

se deshoja y llueve.

 

Hojas al vuelo,

cenizas cayendo.

 

Sabes que la tinta

oculta algunos ecos,

una risa, un te quiero.

Un par de promesas

y algunos rezos.

 

-Te amo, te amo, te amo…

Me lo repito todo el tiempo.

Dejo apenas el espacio justo para respirar,

y evado el silencio.

 

Tengo miedo.

 

Terror de amanecer mañana

y ser un laberinto,

vacío, incompleto.

 

Miedo de caer de la cuerda

y jamás nunca rozar el suelo.

 

Cada día siento que me pierdo.

 

Ayer, por ejemplo,

me dormí sin cansancio y sin sueño,

si me preguntas, todavía no despierto,

aunque te veo.

 

Tengo frío.

Lo siento.

Siento oxígeno

y miedo.

 

-Te amo, te amo, te amo…

Regresa pronto.

Te espero.

Tanto…

Me despido sin despedirme,

cada día, a cada abrazo,

dejo un trozo de ti

cuando te platico y te llamo.

No hay salida fácil, no dispongo de tanto espacio,

Estás en la raíz, en el tuétano,

aquí, adentro de mis sienes.

Estás en el zumbido que deja el silencio,

entre los huecos de las uñas,

en el frío que corta el aire,

que desde tu no estar me parece insano.

Han pasado días de desvelos negros

y tormentos varios.

Ha pasado que olvido tus ojos,

o se ven menos iluminados.

Ha pasado que así de pronto me cayo,

que me administro tus recuerdos para no gastarlos.

Ha pasado tanto y de a poco demasiado,

tanto así que parece que nada ha cambiado.

Tanto así que te escribo sabiendo que te has ido, pero sin sentirlo.

Tanto, que a veces te desconozco,

cuando te escucho en mis propios labios.

Te extraño…