Hay momentos…

Hay momentos que nacieron para ser recuerdos.

 

Historias finitas,

concebidas para no volver,

para alimentar el tiempo perdido,

y nada más.

 

Despertar.

Tender la cama.

Lavar la ropa.

Regar las plantas.

Destenderla y al recostarse,

tratar de entender

por qué se habita esta casa.

 

Hay demasiado color en esta mesa,

demasiado aire en el techo.

Y, así de pronto, un remolino,

cansado de tanto irse: regresa.

 

Tú al centro y

está vez no hay tregua.

 

Y entonces lo recuerdas:

Hay cosas que existen para no vivirse.

es bueno que lo sepas,

pero también que lo ignores.

 

Hay lo que hay.

Y lo que habrá, lo habrá.

 

Hay cosas que nacen para ser recuerdos.

Aunque quizá, tal vez, esta vez, yo pueda…

Dilo…

-No entiendo por qué te cuesta tanto decírmelo.

Raúl aprieta los puños con tanta fuerza que hace que la mesa se mueva.

Laura, a un costado de él, mira fijo al muro frente a ella. Parece querer atravesarlo, pero es más una pregunta la que la acecha.

-No me parece justo lo que estás haciendo.

-Qué no es justo, lo que te cuido, lo que te procuro.

Laura mantiene la mirada fija. La quijada presiona y aunque tiene un mar, sólo suelta una lágrima.

-He estado un tercio de mi vida contigo. Siempre compartiéndote todo. Este reclamo es injusto.

Raúl no cede. Mira a otro lado, agacha la cabeza. El puño duele.

-Así no vamos a llegar a ningún lado. Por qué me haces esto. Por qué dejas que se me revuelva la cabeza.

Laura respira hondo, profundo. Cuenta, no en reversa para calmarse, más bien se recuenta los reclamos y si se mira bien parece que los años.

-Prefiero no hacerlo aquí.

-Hacer qué, ¿confesarte?

Laura que recién había empezado a tomar un agua de pepino, pide la cuenta.

-Con que ya nos vamos. ¿No te importa que tenga hambre, verdad? ¿Cómo has cambiado?

-Te puedes quedar si prefieres. Necesito aire.

-Porque siempre me haces sentir culpable. Yo no quiero lastimarte. Te juro que no, pero me dejas así, sin decirme nada.

El mesero tarda un poco pero finalmente lleva la cuenta. Laura que se ha contado y recontado, le pide que mejor les tome la orden. Su mirada baja y al poco tiempo su cabeza se recarga. En él, por él, para él.

Laura lleva un tercio de su vida ahí.

Abre la carta, pide rápidamente un bowl atún spicy y toma un sorbo de agua.

Raúl aún no sabe qué pedir, así que opta por lo mismo.

-Tú siempre pides lo más rico. Siempre lo digo, tú tienes el mejor gusto de todos.

Condesa, CDMX / 16:30 h

Ojalá…

Jorge recorre cada mañana el metro en busca de Juan.

Cada día apaga el despertador a la misma hora, enciende el baño y comienza a cantar.

Si el jabón o la esponja piden una canción adicional, él es incapaz de negarse, prefiere entonces abandonar la idea de peinarse: otro día quizá.

A las 6.30 am sale de casa, con o sin desodorante, con o sin desayuno, para Jorge las 6.30 am son toque de queda.

Camina o corre alrededor de 20 min para llegar a la estación, no a la más cercana, sino a la de Juan.

Al llegar, camina el andén entero, no sea que Juan esté de espaldas, traiga una chamarra nueva o cansado haya decidido sentarse. Para Jorge, cada persona, una oportunidad.

La verdad sea dicha, Juan nunca llega a tiempo, no es mala fe, es la vida… su vida, la que no lo deja estar ni aquí, ni allá.

Jorge espera, paciente.

Se detiene, mira el reloj y camina, se detiene… es como si con cada latido el mundo estuviera por cambiar.

La hora límite para el encuentro son las 7.15 am, estirando la tolerancia: 7.20 am.

Hace una semana fue a las 7.30 am, el viernes: 7.40 am, el lunes: 7.50 am y desde el martes da lo mismo: Juan no está.

Jorge que poco o nada oculta a sus ojos: camina ausente. Quizá y entonces, sin buscarlo lo encuentre.

Ojalá esté solo.

Ojalá…

Metro Revolución / 08:00 am

Adiós…

-Lo único que deseo es no verte.

 

Así, con un aullido,

Jorge se despide y se pierde.

 

Sus pensamientos se atragantan,

uno muerde al otro,

al brazo, la mejilla,

a los propios dientes.

 

-No, no fui yo quien se acostó con otro.

 

Niega y se reniega: se hiere.

Un golpe contra el cristal,

ya nada podría doler, pero duele.

 

Los ojos de Jorge no lloran, sangra.

los revienta la presión,

las palabras que por vergüenza: callan.

 

-¡Hasta aquí llegamos!

 

Jorge miente y lo sabe.

Regresará después de dos días,

a esos brazos,

que no son suyos,

ni del otro.

 

Mañana irá por sus cosas,

al estar ahí peleará por otras,

con suerte se quedará otro año.

 

-Adiós.

 

Una lágrima nace y

antes de caer,

un suspiro la atrapa.

 

Metro Portales / 17:40 h.