Así las cosas…

Somos lo que ves,

no más, no menos.

 

Un remedo de células,

tejidos y líquidos

nos conforma, nos limita,

nos define, nos sostiene.

 

Pedirnos más,

esperar más de nosotros,

es creer en Dios:

cegarse a nuestra humanidad.

 

Somos lo que somos,

no más, no menos.

 

Trascendemos cuando lo sabemos,

cuando lo aceptamos,

cuando sin querer,

queremos serlo.

 

Tienes sal en la sangre…

Si te miras bien los poros

reconocerás cristales rotos.

 

En ti se resguarda la tristeza rala,

de ser quien no eres,

de ser quien no puedes.

 

Densa es tu existencia,

dura tu mirada.

Respiras humo,

comes carne humana.

 

Tienes hambre de saciedad,

ansiedad de alivio.

 

Eres lava,

azufre, rabia.

El grito constante que no se escucha,

que no se ve,

que ni siquiera sangra.

 

Eres parda,

sin un ojo,

por propia espada.

 

Eres lo que por no ser no se extraña.

 

Nada.

Aún no…

No dije adiós entonces.

No lo necesitaba.

No de ti, ni de mí,

ni de lo que era contigo.

 

Ese día, no los quise:

ni el final, ni tu olvido.

 

Decidí mejor,

cargarme tu recuerdo a la espalda

y dejar que se me clavará,

admito, más de lo debido.

 

Te quise ayer.

Te quiero hoy.

Pero no quiero que sea así mañana.

 

Aún me levanto de la cama

y te preparo café.

 

Aún me acuesto,

y aunque cierro los ojos,

te espero en la madrugada.

 

Con los días he aprendido a extrañarte,

a reconocer que seguimos juntos.

 

No sé por qué, pero lo sé.

Aún no es tiempo,

aún no puedo,

aún no…

Te extraño…

Regresar a los viejos sitos,

recorrer solos cada camino.

 

Estar aquí,

sin ti,

pero contigo.

Pensarte,

saber que con dos tacos es suficiente

y que para acompañarlos bastará

un agua de limón.

 

Si acaso y aún queda un espacio,

comer al regreso un helado,

no antes, sino después,

ganarle un momento a la digestión.

 

Vernos lejos,

pero en el mismo cuarto.

Tendidos, rendidos

ante nosotros mismos.

 

Comer, mascarnos en cada bocado,

rompernos hasta la ultima hebra.

 

No hay nombres para este tiempo,

ni espacios para este espacio.

Te extraño.

Sin ti…

A veces pasa,

que te pienso aquí.

 

Tan cerca,

que olvido que existes allá:

en ti.

 

Pasa que decido no dejarte,

que te abrazo fuerte,

que me aferro a ti,

que te quiero mío,

que te exijo para mí.

 

Pasa incluso que se me olvida que somos mortales,

con límites, con espacios propios: ajenos.

 

Desprecio entonces tu independencia,

la trágica belleza detrás de cada momento,

que se extingue al tiempo que se vive,

que nos conecta,

que nos mantiene juntos.

 

Somos.

Estamos.

Así.

 

Contigo y sin ti.

Nada me parece más ajeno que el nosotros…

Lo nuestro no es nuestro,

no es tuyo, ni mío,

 

Es lo que pudo ser y eso es todo.

Lo que fue de tu vida,

lo fue de la mía,

 

Fue la experiencia de llegar aquí,

y seguir…

 

Tú, siempre fuiste tú.

Y yo aprendí a ser yo.

 

Nada me resulta más ajeno que el nosotros.

 

Quizá el ustedes,

quizá vosotros.

Sin él….

Qué soy sin él.

 

No soy padre, ni hermano, 

no soy hijo, ni esposo, 

ni siquiera me llamaría un ser humano.

 

Soy… 

su ausencia, 

su espacio ancho. 

 

Su camisa guardada,

su zapato recién boleado. 

Soy su almohada fría, 

el hueco eterno en este abrazo.

 

Este abrazo que se rodea solo, 

porque nada le queda, 

nada que pueda ser nombrado.

 

Sin él, 

soy un silencio negro, 

una pausa, 

un punto flotando. 

 

Soy… 

soy tantas cosas que nunca seré: 

pero por desgracia, 

aún no soy pasado.

 

Soy sin él. 

Soy por él. 

Soy todo lo que él ya no es,

 

Mañana me espera un ayer largo,

mañana no encenderé las luces del cuarto…

Humo…

Me fumo tus ausencias, solo,

intoxicado por tus recuerdos.

 

Enciendo un cigarro

y su aroma te trae en un momento.

Inhalo y te siento dentro.

 

Envestido en humaredas,

descifro en sus formas:

¿dónde estás?,

¿qué haces?,

si es que vives más, allá.

Allá…

 

Supongo que no

y lo creo:

me extrañas,

lo siento.

 

Miro de reojo la cajetilla:

con este último te dejo.

Lo enciendo y

me abandono al silencio.

 

Al consumirte,

los galopes cesan,

el aire se vuelve denso.

 

Cierro la ventana,

secuestro el humo,

duermo.

Calma…

En su respiración

se escucha el canto del quetzal,

el resquebrajar de la llama.

El susurro que invita al buen sueño,

a la calma.

 

En su voz,

la nota dulce que provoca adicción,

que muere en la penitencia

y sin pedir, reclama.

 

Hoy, una caricia dulce,

casi intangible,

vaporosa, me amarra.

 

Vertebra a vertebra: tu espalda…

 

Húmeda la noche,

resequedad en el día;

tu ausencia desgasta.

 

El presente te pide a gritos;

te exige, te reclama.

 

Se desespera,

espumea en rabia.

No pregunta: arranca…

Afila los colmillos en carne blanda.

 

Se alimenta de tus recuerdos:

los mastica, los arranca.

Nunca le son suficientes:

los entierra y los desangra.

 

Sangra todo,

desde las encías,

hasta las lagañas.

 

De pronto, cada célula,

llora la herida que se causa:

grita la ansiedad y se embriaga.

 

Termina la noche,

la mano extendida tienta

y al toque,

tu toque,

regresa la calma…