Tú, me mientes…

Sin quererlo,

porque puedes,

porque asumes que te creo.

 

Me mientes.

 

Yo…

también lo hago.

Porque puedo,

porque te entiendo.

 

Pasan diariamente tantas calles,

tantas vidas,

tantos te amo,

que lo entiendo.

 

Lo que no recuerdo

es cómo y cuándo comenzó.

 

Supongo que fue una mañana,

cuando la luz clareaba la cama.

Debimos preguntarnos:

¿cómo estás?

Y por no querer herirnos,

comenzó…

 

Asumo que fui yo,

porque así soy.

 

Nos mentimos,

porque podemos,

porque sabemos hacerlo.

 

Lo que aún no recuerdo

es cómo comenzó.

No sé si te lo dije antes pero todavía me dueles…

Hoy que me despedí de ti,

me regresó tu peso a los pulmones.

 

Tu adiós se transformó al momento

en un recuerdo vivo,

abrasivo: nuestro.

 

Adentro, sentí desvencijarse mis costillas,

caían una encima de la otra.

Al fondo mi autoestima, mi fuerza.

 

Caminaba derrotado,

cuando en un acto de torpe valentía,

volteé la cara, esperando fallidamente

encontrarme con tu mirada.

 

Recordé entonces el doloroso espacio que queda después de tu nombre.

 

En mis pupilas, se amontonaron

parvadas de luciérnagas pardas.

No creían tu abandono y

te miraron directo a la espalda.

 

Desesperadas,

revoloteaban por todas las cuencas:

buscaban nuestra oscuridad para iluminarla.

 

Para su desventura,

ni eso quedaba.

 

Y en la desesperación,

se me encarnaron una a una,

en estos dedos que sin saber porqué

te llaman.

 

¿Podrías culparlas?

 

Marca.

Mi paciencia.

Marca.

Mi coraje.

Marca.

Mi tristeza.

Marca.

La vergüenza.

Marca.

 

Y hoy,

como hasta antes de encontrarte:

no contestas.

A saber…

Sé que estás ahí,

Lo sé.

 

Intuyo que lo sé,

asumo que lo sé,

descubro que no sé.

 

Sabes que estoy aquí,

lo sabes.

 

Asumo que lo sabes,

me convenzo de que lo sabes,

te convenzo de saberlo.

 

Estoy aquí.

Estoy.

 

Me convenzo de que así sea,

de seguir aquí,

de encontrarme aquí.

 

Estamos uno con el otro,

juntos.

 

Nos asumimos juntos,

nos pensamos juntos,

nos convencemos que así es mejor,

juntos.

 

Aquí.

Así.

Lo sé,

quizá lo sabes:

juntos.

Nadie…

Llueve y te veo detrás de una cortina de agua,

de memorias, de recuerdos, de tanta vida gastada.

 

Cargo tierra mojada en los pulmones y

una selva húmeda me acompaña a la cama.

 

Nadie dijo que estarías aquí por la mañana,

tampoco que dejarías una pantera custodiando el alba.

 

Caí como caen las ramas con la nieve blanca.

Te vi, como se mira al techo cuando no queda nada.

 

Estás en cada gota que el cielo derrama.

Te veo, te escucho, te sueño.

 

¿Volver? ¿Para qué?

Con tu recuerdo basta.

 

 

 

 

Sin él….

Qué soy sin él.

 

No soy padre, ni hermano, 

no soy hijo, ni esposo, 

ni siquiera me llamaría un ser humano.

 

Soy… 

su ausencia, 

su espacio ancho. 

 

Su camisa guardada,

su zapato recién boleado. 

Soy su almohada fría, 

el hueco eterno en este abrazo.

 

Este abrazo que se rodea solo, 

porque nada le queda, 

nada que pueda ser nombrado.

 

Sin él, 

soy un silencio negro, 

una pausa, 

un punto flotando. 

 

Soy… 

soy tantas cosas que nunca seré: 

pero por desgracia, 

aún no soy pasado.

 

Soy sin él. 

Soy por él. 

Soy todo lo que él ya no es,

 

Mañana me espera un ayer largo,

mañana no encenderé las luces del cuarto…

Piensa en mí

Tu partida se instaló en la parte ajena de mi colchón.

A milímetros de mi pierna derecha, un vacío ejerce succión.

 

Si acaso me descuido y un rato me quedo dormido, 

amanezco sin dedos, la otra noche sin brazos, 

hoy sospecho que sin corazón. 

 

No me quejo,

aquí ya de nada servía, 

en cambio allá,

quizá a algún estómago mantendrá con vida.

 

Me han dicho que sabe bien encebollado, como el hígado.

Aunque según sé la melancolía lo prefiere crudo y desvenado.

 

A decir verdad, me parece justo que se lo coman, 

que sea alimento de solitarias y moscas. 

 

Porque tanta vida en este cuerpo no cabe. 

No le va, a nada sabe.

 

Con tu partida, sólo me resta la esperanza de ser

recuerdo de una noche de insomnio, 

pensamiento fugaz de regadera, 

ocaso de inodoro.

 

Ya sé que contigo no me alcanza para el «te extraño»,

pero si acaso puedes,

en el tiempo perdido:

piensa en mí. 

 

Porque a mí, sin ti,

sólo me queda sobrevivir dos olvidos:

el tuyo y el mío…

Aquí…

La soledad siempre está aquí,
desierta y cruda en el silencio.
Bajo los párpados,
con la boca abierta:
hambrienta.

A veces, no pocas veces,
se le encuentra sentada a la mesa.
Cortando algún recuerdo:
remordiéndolo.

*Nunca dije lo siento.*

*Al tocar mi pecho, seguías ahí.
Te sentí en mi mano.
Decidí seguir.*

Hoy, me encontró en la tina,
se paró detrás de mí.
Me dio un abrazo profundo.
Se me instaló aquí.

Te siento…

Amanecí en la playa.

A pie de playa,

en nuestra playa.

 

Entre caracoles y conchas,

la arena blanca.

 

Un mar picado,

azul, con destellos violetas,

y un cielo raso,

en negativo,

como película vieja.

 

Amanecí sin ti.

 

Con tu voz,

contando historias,

anécdotas, pensando en esto y aquello.

 

¿Qué es esto que se siente como un destierro?

 

Amanecí

y hoy por primera vez,

la playa, nuestra playa,

no estaba lejos.

 

Estaba aquí.

 

Aquí.

 

Te siento.

Al filo

No queda ni un espacio verde,

ni ralamente fértil.

 

Hay en su lugar una tierra seca,

que sin ser piedra, refresca.

 

Carente de esperanza,

va la despromesa eterna,

que se oculta en la oscuridad,

justo aquí: debajo de la leña.

 

Moja, todo lo moja y a veces lo quema.

Arde, destruye y así de pronto se impregna.

 

Es una espina que cuelga,

que teje carne y regresa.

 

Sin filo, en este rincón de la mesa,

yace una tristeza,

perdida en el sonido de una gota

que nunca cesa…

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Fotografía de Berna Badillo