Exhalar…

¿Que si te quiero?

A plena calle, bajo la sombra de mayo, preguntas sin preguntar.

Es la costumbre, la que siempre nos vuelve a encontrar.

Los mismos sitios, después de años.

Estás aquí, como yo, sólo por estar.

Se escucha en tu voz el naufragio que dejan las tormentas.

Sabes como lo sé yo, que pasará mucho tiempo antes del final.

Tienes miedo, yo también; otro ataque de ansiedad.

Asfixia el aire: sobra.

Demasiado oxígeno.

El hábito llegará.

Sólo hay que aprender a respirar.

Inhalar:

-Te quise.

En tus ojos se conservan restos de hielo, de lo que antes fue fuego, hoy recuerdo.

Aprietas tu mochila a la espalada.

Recuperas la postura.

Exhalar….

Jurar…

Jure nunca volver a caer en tus brazos.

Jamás por accidente, no de nuevo.

No al naufragio.

Se lo juré a tu espalda, mientras la puerta se iba cerrando.

Hasta aquí, no hay más.

Te jure pasado.

Anoche, llegue a casa del trabajo y me arrulló el cansancio.

Estaba tan indefenso que me descuide a mí mismo y te termine soñando.

Te encontré tal como cuando decidí alejarme,

desnuda en un mar de sábanas, vacío el semblante.

Estabas tan ajena, tan fría.

Tan ausente de ti misma,

de nosotros, de la vida.

Jamás sabrás cuánto me dolió tu partida.

Con decirte que las mariposas se volvieron carnívoras.

-Ven acá, susurre de pronto.

Te miraba directo a los ojos.

-Ven acá, insistí otro poco.

Te recostaste en mi pecho y despertaron las lágrimas.

Esta vez no voy a dejarte.

No soy tan fuerte, no frente al aire.

Esta vez te obligaré a quedarte.

Te abracé tan fuerte que desperté con los dedos clavados a las costillas.

La cama vacía.

Terriblemente blanca, inerte, sin vida.

Entonces me examiné el corazón y seguía roto.

Como aquella noche, tu noche,

Esa en la que jure soltarte,

despedirme de ti y empezar en otra parte.

Por desgracia se cruzó tu espalda,

y como no sé herir a traición, aquí me tienes,

esperando sin esperar más nada.

No sea que recuerdes que dejaste tu ausencia en mi pecho,

cosechando un par de ilusiones que aún no han muerto.

De esas que te tatúan en los parpados laberintos,

hoyos negros con color a sueño.

Jure nunca volver a caer en tus brazos.

Pero en tu espalda…

No sé cómo evitarlo…

Entre gritos y susurros…

Hay gritos que se quedan,

que encuentran un surco y se siembran.

Crecen en ellos la noche y el rencor,

se nutren de la soledad y la espera.

Les nacen en las raíces flores muertas.

Y aunque carecen de semillas,

se les reproducen ecos con las ausencias.

Hay gritos como este,

que no piden perdón pero lo desean.

Gritos que se abrazan

con la propia rabia,

con la vida que les queda.

Gritos abandonados, sordos,

de esos que se desgarran la voz

y susurran:

Te amo…

Regresa…

Te extraño…