Uno se rompe…

Así. De pronto,

uno se ve las esquinas

y las descubre rotas.

 

Las lágrimas

son fisuras,

no gotas.

 

Entre los dientes

se remuerden las espinas,

que se encajan,

que nos derrotan.

 

Respirar,

¿cuánto?,

¿cómo?

 

Cuando uno se rompe,

no hay espacio, ni tiempo.

 

Hay, en todo caso,

una grieta viva,

que nos mira y se conmueve,

que nos inunda en dolor,

que -irónicamente- nos devuelve a la vida.

Soy…

Existo aunque no estés aquí,

Estoy aunque no estés conmigo.

 

Vivo, respiro.

 

Me lo recuerdo cada vez que te alejas.

Me lo digo varias veces si sales a trabajar.

 

Si regresas temprano, me lo creo.

Si tardas un poco, lo dudo.

Si es por varios días,

no sé…

 

Soy,

aunque hay momentos en que lo olvido.

Y entonces me lo repito.

 

Salgo y me encuentro hablando de ti.

Me abrazo con tus recuerdos

y descubro que sí.

 

Vivo, sin ti.

Respiro, sin ti.

Me miento, sin ti.

 

Soy,

soy,

soy.

 

A saber…

Sé que estás ahí,

Lo sé.

 

Intuyo que lo sé,

asumo que lo sé,

descubro que no sé.

 

Sabes que estoy aquí,

lo sabes.

 

Asumo que lo sabes,

me convenzo de que lo sabes,

te convenzo de saberlo.

 

Estoy aquí.

Estoy.

 

Me convenzo de que así sea,

de seguir aquí,

de encontrarme aquí.

 

Estamos uno con el otro,

juntos.

 

Nos asumimos juntos,

nos pensamos juntos,

nos convencemos que así es mejor,

juntos.

 

Aquí.

Así.

Lo sé,

quizá lo sabes:

juntos.