Piensa en mí

Tu partida se instaló en la parte ajena de mi colchón.

A milímetros de mi pierna derecha, un vacío ejerce succión.

 

Si acaso me descuido y un rato me quedo dormido, 

amanezco sin dedos, la otra noche sin brazos, 

hoy sospecho que sin corazón. 

 

No me quejo,

aquí ya de nada servía, 

en cambio allá,

quizá a algún estómago mantendrá con vida.

 

Me han dicho que sabe bien encebollado, como el hígado.

Aunque según sé la melancolía lo prefiere crudo y desvenado.

 

A decir verdad, me parece justo que se lo coman, 

que sea alimento de solitarias y moscas. 

 

Porque tanta vida en este cuerpo no cabe. 

No le va, a nada sabe.

 

Con tu partida, sólo me resta la esperanza de ser

recuerdo de una noche de insomnio, 

pensamiento fugaz de regadera, 

ocaso de inodoro.

 

Ya sé que contigo no me alcanza para el «te extraño»,

pero si acaso puedes,

en el tiempo perdido:

piensa en mí. 

 

Porque a mí, sin ti,

sólo me queda sobrevivir dos olvidos:

el tuyo y el mío…

Te siento…

Amanecí en la playa.

A pie de playa,

en nuestra playa.

 

Entre caracoles y conchas,

la arena blanca.

 

Un mar picado,

azul, con destellos violetas,

y un cielo raso,

en negativo,

como película vieja.

 

Amanecí sin ti.

 

Con tu voz,

contando historias,

anécdotas, pensando en esto y aquello.

 

¿Qué es esto que se siente como un destierro?

 

Amanecí

y hoy por primera vez,

la playa, nuestra playa,

no estaba lejos.

 

Estaba aquí.

 

Aquí.

 

Te siento.

Al filo

No queda ni un espacio verde,

ni ralamente fértil.

 

Hay en su lugar una tierra seca,

que sin ser piedra, refresca.

 

Carente de esperanza,

va la despromesa eterna,

que se oculta en la oscuridad,

justo aquí: debajo de la leña.

 

Moja, todo lo moja y a veces lo quema.

Arde, destruye y así de pronto se impregna.

 

Es una espina que cuelga,

que teje carne y regresa.

 

Sin filo, en este rincón de la mesa,

yace una tristeza,

perdida en el sonido de una gota

que nunca cesa…

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Fotografía de Berna Badillo

Si regresas…

Hay palabras que se tatúan en la garganta,
palabras tibias que no se dicen:
se cantan…

Palabras de humo que siempre nos acompañan.

No dije adiós, no tenía ganas.

Si no quise despedirme,
fue porque ya nada quedaba.

Entrar ahí -aquí- requirió agallas.
Más de las que tenían y seguro más de las que creía necesitaba.

Salir fue atravesar una puerta que ya estaba cerrada.

Sellar un recuerdo de silencio, de calma.

Si no dije adiós fue porque entre nosotros no habrá mañana,
hubo un final, de esos que se deshojan al alba.

Te quiero, te quise, pero no te querré.

Porque si regresas,
y regresas,
no habrá recuerdo,
sino olvido.
Volver, ¿para qué?…

Caer…

Te vi caer boca arriba,

los brazos abiertos,

abrazando la vida al tiempo que te despedías…

 

El mar en calma, la mirada perdida

¿qué te llevaste impreso en las pupilas?,

algún recuerdo, el azul profundo,

tú último sueño…

 

No tuve el valor de investigarlo,

no pude volver a verte,

no en la arena, no en la casa…

 

No ayer y por supuesto,

no mañana…

 

A veces, no pocas veces, me arrepiento.

Porque en tus ojos es el único lugar en que me encuentro.

 

Lo sé, porque aún los veo.

 

Cada mañana,

frente al muro blanco de la recámara

se dibuja una playa…

 

Cada mañana yo le digo te amo

y él me devuelve un suspiro que me sabe a beso…

 

¿A qué sabe el engaño?…

Amargo, si se bebe de otras manos.
A sangre, si resulta de morderse los labios.
Como sea, siempre es crudo y visceral.

Tóxico con salud,
Adictivo en enfermedad.

Digerirlo requiere mucho sueño
A falta de olvido,
se recomienda soledad.

De esa que se acompaña de uno mismo.
Vacía de estómago,
de orgullo, de verdad.

¿A qué sabe el engaño?
Sabe a nosotros:
sedientos de mar…

Piensa en mi…

Tu partida se instaló en la parte ajena de mi colchón,

a milímetros de mi pierna derecha

hay un vacío que ejerce succión.

 

Si acaso me descuido y

durante un momento me quedo dormido,

amanezco sin dedos, la otra noche sin brazos,

hoy sospecho que sin corazón.

 

No me quejo, aquí ya para nada servía,

quizá y allá a algún estómago mantenga con vida.

 

Me han dicho que sabe bien encebollado, como el hígado,

aunque según sé la melancolía lo prefiere crudo y desvenado.

 

A decir verdad, me parece justo que se lo coman,

que sea alimento de solitarias y  moscas.

Porque tanta vida en este cuerpo no cabe,

no le va, a nada sabe.

 

Ya sé que contigo no me alcanza para el “te extraño”

pero si acaso puedes, en el tiempo perdido:

piensa en mi.

 

Porque a mí, sin ti,

sólo me queda sobrevivir dos olvidos:

el tuyo y el mío…

En la orilla…

Hay un vacío en la orilla,

un silencio en el agua,

un pudor que no existía.

 

Me gustaba la desnudez en tus ojos.

En esa sonrisa radiante y felina.

 

Mi piel se sentía tan mía, que era tuya.

Una ofrenda honesta, necesaria,

desengañada del nosotros,

convaleciente de pensarnos.

 

Nunca dijiste que partirías,

tampoco que volverías.

Soy yo quien no regresa todavía,

el que se aferra a esta orilla.

 

Un límite que abarca tu historia y la mía.

Así, separada.

Así, vacía…

 

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Fotografía de Berna Badillo (Pop Photography’)

 

Te espero…

Duermes y todo perece.

 

El cuaderno que estaba en el buró

se deshoja y llueve.

 

Hojas al vuelo,

cenizas cayendo.

 

Sabes que la tinta

oculta algunos ecos,

una risa, un te quiero.

Un par de promesas

y algunos rezos.

 

-Te amo, te amo, te amo…

Me lo repito todo el tiempo.

Dejo apenas el espacio justo para respirar,

y evado el silencio.

 

Tengo miedo.

 

Terror de amanecer mañana

y ser un laberinto,

vacío, incompleto.

 

Miedo de caer de la cuerda

y jamás nunca rozar el suelo.

 

Cada día siento que me pierdo.

 

Ayer, por ejemplo,

me dormí sin cansancio y sin sueño,

si me preguntas, todavía no despierto,

aunque te veo.

 

Tengo frío.

Lo siento.

Siento oxígeno

y miedo.

 

-Te amo, te amo, te amo…

Regresa pronto.

Te espero.

Tanto…

Me despido sin despedirme,

cada día, a cada abrazo,

dejo un trozo de ti

cuando te platico y te llamo.

No hay salida fácil, no dispongo de tanto espacio,

Estás en la raíz, en el tuétano,

aquí, adentro de mis sienes.

Estás en el zumbido que deja el silencio,

entre los huecos de las uñas,

en el frío que corta el aire,

que desde tu no estar me parece insano.

Han pasado días de desvelos negros

y tormentos varios.

Ha pasado que olvido tus ojos,

o se ven menos iluminados.

Ha pasado que así de pronto me cayo,

que me administro tus recuerdos para no gastarlos.

Ha pasado tanto y de a poco demasiado,

tanto así que parece que nada ha cambiado.

Tanto así que te escribo sabiendo que te has ido, pero sin sentirlo.

Tanto, que a veces te desconozco,

cuando te escucho en mis propios labios.

Te extraño…