En la orilla…

Hay un vacío en la orilla,

un silencio en el agua,

un pudor que no existía.

 

Me gustaba la desnudez en tus ojos.

En esa sonrisa radiante y felina.

 

Mi piel se sentía tan mía, que era tuya.

Una ofrenda honesta, necesaria,

desengañada del nosotros,

convaleciente de pensarnos.

 

Nunca dijiste que partirías,

tampoco que volverías.

Soy yo quien no regresa todavía,

el que se aferra a esta orilla.

 

Un límite que abarca tu historia y la mía.

Así, separada.

Así, vacía…

 

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Fotografía de Berna Badillo (Pop Photography’)

 

Tanto…

Me despido sin despedirme,

cada día, a cada abrazo,

dejo un trozo de ti

cuando te platico y te llamo.

No hay salida fácil, no dispongo de tanto espacio,

Estás en la raíz, en el tuétano,

aquí, adentro de mis sienes.

Estás en el zumbido que deja el silencio,

entre los huecos de las uñas,

en el frío que corta el aire,

que desde tu no estar me parece insano.

Han pasado días de desvelos negros

y tormentos varios.

Ha pasado que olvido tus ojos,

o se ven menos iluminados.

Ha pasado que así de pronto me cayo,

que me administro tus recuerdos para no gastarlos.

Ha pasado tanto y de a poco demasiado,

tanto así que parece que nada ha cambiado.

Tanto así que te escribo sabiendo que te has ido, pero sin sentirlo.

Tanto, que a veces te desconozco,

cuando te escucho en mis propios labios.

Te extraño…

Remorderse…

Uno se remuerde,

la boca, el insensato labio,

la traviesa lengua, el no espacio.

El recuerdo de aquel parque, la ligera ropa,

la mano curiosa que abrasa y arde.

Uno se remuerde el pecado, la llama oculta,

el crujir cadencioso de la estructura ósea.

La manzana propia y la ajena,

la uva y la cava.

Uno se remuerde despacio, lentamente,

como se lame cada pendiente,

tirándose libremente

en el vacío que se llena y se vierte.

Uno se remuerde ante el vicio de quererse,

de sentirse propio en los otros,

de tenerse y no detenerse.

Uno, qué es uno sin remorderse.

Sin probarse el tuétano y sorberse.

Sin saber que cuando uno muerde,

a veces y sólo a veces se sangra

y duele.

Días que olvidan…

Los días pasan extraños.

Unos detrás de otros,

arrítmicos, vienen, van.

Danzan fuerte entre las doce y las cuatro,

aunque con el tiempo uno deja de escucharlos.

Sus pasos no son los nuestros,

su destino es inexistente, atemporal.

Hoy tropecé con uno y la caída me dejó inconsciente.

Caí de lleno entre el hubiera y el podría.

Lo único que supe al despertar del trance fue que moriría pronto,

quizá en medio centenar de años, quizá menos,

espero que los suficientes para poderme seguir bañando con mi soledad.

Ayer, hoy, mañana,

hay momentos en los que no sé en qué tiempo conjugarme.

El cuerpo incluso parece distar del alma algunas veces.

No pocas.

No siempre.

Uno ve a los niños y ríe,

Ingenuamente cuando confunden el ayer y el mañana, uno corrige.

Aún sabiendo que el ayer sí puede ser el mañana y

que el mañana también puede ser un ayer que nunca acaba.

Los días pasan extraños,

olvidándose unos a otros,

olvidándonos nosotros…

Extraño…

Lloro tu ausencia antes de vivirla.

Porque sé que pronto me acompañará en la cama.

Preveo noches de sueño negro y

de espera eterna.

Cargo entre los dedos tus recuerdos,

los que tuvimos antes, los que tendremos.

Me pesan como cargar en el cuello tu despedida,

la fría estampa que dejará tu mano,

el vació que quedará sin tu aliento, recién despierto.

Cada día, sin saberlo o por pensarlo demasiado,

me digo que te extraño.

Lo susurro, desde adentro:

-Te extraño.

Me convenzo de ello y salgo a la calle con un hueco.

El mismo por el que se me escapa ahora el universo,

Porque aún ahora,

contigo aquí: te extraño.

No hace falta…

La noche jamás es tan oscura como cuando faltas.

Cuando te ausentas y apareces en otras ganas,

no en las de otros, sino en las tuyas, por los otros.

Ahí, aquí,

el calor no alcanza, no abrasa.

Ahí, en tu mirada hirviendo, se ausenta el alma.

Aquí, la espalda que te encubre, revela que faltas.

Porque hay ausencias que se descubren en la presencia misma,

cercanías que generan distancias.

Faltas que lastiman justo en donde la luz no ilumina, sino incinera.

A veces, no pocas veces, pienso que me engañas.

No con alguien.

No hace falta.

Aunque callas.

Porqué callas.